Una temporada en el infierno

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Capítulo I

La primera vez que cruzaron miradas fue en primaria. Ella le había echado un ojo desde el principio, y aunque aquel encuentro se dio muy fortuitamente, el tiempo pasó y se volvieron a encontrar más veces de las que puede recordar. Aquellos tiempos fueron felices, cuando era demasiado inocente para entender lo que sucedía a su alrededor y cuando el futuro se veía prometedor… Pero el tiempo pasa, las personas lo hacen con él y las cosas cambian.

Primaria fue pan comido. Superó todas las asignaturas con pasmosa facilidad. Tampoco es motivo para inflar el pecho porque es facilísimo, pero las cosas de las que se sentía particularmente orgullosa fueron las que estaban ligadas al arte. Su desempeño en plástica fue tan escandalosamente bueno que la maestra le sugirió presentar uno de sus dibujos para un concurso municipal. Así lo hizo. ¿El resultado? Había tanta diferencia entre el suyo y el del resto de participantes –en su mayoría eran estudiantes de preparatoria– que se lo dieron casi por decisión unánime. El premio fue una tablet, que usó para dibujar los siguientes cuatro años hasta que se rompió. De ahí nació su afición por dibujar y presentar los trabajos a los concursos que organizaba la municipalidad, pero como en su distrito no había competencia comenzó a aburrirse. La primaria la aburrió; cuando la maestra pedía historias, ella las escribía con una soltura tan grande que a lo que el resto le tomaba una semana, a ella solamente una hora. Le daban la tarea y ese mismo día la entregaba. Insólito.

Por otro lado, las virtudes artísticas de su amigo eran nulas. No sabía dibujar, tampoco tenía imaginación ni era bueno con ningún instrumento. Suspendió todas aquellas asignaturas en las que ella había sacado notas perfectas. Y no desaprovechaba el momento de reprochárselo en cara. Además, habría que decir que su desempeño en matemática o historia, donde el tecnicismo se premia más que la creatividad, tampoco fue para tirar cohetes. Simplemente era uno más.

En aquellos tiempos solamente eran amigos. Ella no sentía nada por él que no sea amistad y él no sentía nada por ella que no sea eso mismo. Así lo pensaba hasta que un día llegó y le hizo un ofrecimiento imprevisto.

– Algún día iremos juntos al Concurso de Arte de Usanza.

Usanza es un municipio de la ciudad de Duncombe, donde han vivido toda su vida. El problema radica en que ese municipio está a más de trescientos kilómetros desde su posición actual y nadie nunca ha tenido el tiempo de llevarla hasta ahí. ¿Él lo haría? Sólo tenía diez años al momento de prometérselo. Como todos los niños de familias económicamente acomodadas, el futuro se ve acogedor: auto propio, casa de dos pisos, una familia feliz, trabajo estable… Cumplir esa promesa sería como gastar en un kilo de manzanas.

En cualquier caso, ese festival de arte es el más prestigioso de la ciudad. Principalmente dedicado a abarcar pinturas, dibujos y literatura, entrega premios por mera participación y enormes recompensas a quienes logren posicionarse entre los primeros cinco puestos. El quinto y cuarto lugar sólo obtienen dinero, los premios gordos están en el podio. La medalla de bronce consigue quinientos cinceles, y un derecho de publicación, el subcampeón dos mil cinceles, derecho de publicación y un beneficio que vaya de acuerdo a la especialidad en la que haya triunfado (si consiguió salir segundo por un libro, obtendría descuentos exclusivos en todas las librerías de la ciudad en compañía de envíos gratis). Finalmente, el primer lugar se embolsa cuatro mil cinceles, los beneficios anteriores y un contrato profesional. Claro que quienes escriben libros tienen más puntos positivos que quienes simplemente dibujan, pero el festival pelea anualmente para que los dos polos estén en igualdad de condiciones.

La escuela secundaria fue la etapa decisiva. Ahí uno explotó todo su potencial y el otro se estancó. Él triunfó en el ámbito social más allá de que en el académico seguía siendo igual de mediocre, y ella fracasó en ambos. Siempre fue una chica atractiva pero no hizo otra cosa que llamar la atención de personas de las que es mejor estar lejos. Amigas hizo muchas, pero le daba una profunda envidia verle hablar con tantas personas diferentes todos los días. Y en cuanto a las notas también era motivo de envidia; las suyas eran sobresalientes en cosas como la plástica o música, pero en campos donde el tecnicismo se premia más que la creatividad, sus calificaciones eran pésimas. Suspendió todas las asignaturas que sin relación directa con el arte. Su contraparte masculina aprobaba con la nota mínima, que desde luego era mejor tener una mediocre B en las once materias que una A+ en dos y en las demás de C+ para abajo. La primera opción no garantiza becas, pero sí la graduación.

Lisa, una de sus mejores amigas, la vio hablarse con él en un pasillo y no pudo evitar preguntarle al respecto.

– ¿Lo conoces?

– Fuimos a primaria juntos. También vivíamos en el mismo vecindario.

– ¿Ah, sí? Qué suerte tener un lazo tan fuerte con el chico más guapo de la escuela.



Alex Abisalias

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En el texto hay: vidas cruzadas, drama, romance tragico

Editado: 08.12.2019

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