Una temporada en el infierno

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Capítulo IV

Faltaba menos de una hora para tocar la medianoche cuando Pristina volvió a casa. Al notar que estaba cerca prefirió que Demian la dejase a dos calles porque si se daba la nada extraordinaria casualidad de que su madre estuviese despierta y esperándola, iba a meter a su pobre chofer en un embarazoso e innecesario conflicto. También corría el riesgo de que quedara traumado y no quiera nada más con ella, por lo que todo sería un trauma para él y una tragedia para ella. Y probablemente al día siguiente la meterían en prisión por doble homicidio, así que mejor ahorrarse el disgusto mientras sea posible. Y disfrutar de su libertad mientras todavía la tenga.

Superó la verja de entrada, los gnomos del patio delantero y la puerta principal, ejecutando todo con un sigilo extremo. Fue recibida por una profunda oscuridad que se desvanece en ciertas zonas por las que ingresa la luz exterior, en compañía de un sepulcral silencio. Sus ojos tienen un rango de visión de ocho centímetros, su teléfono ya no tiene batería y todos están dormidos. Aunque tarde mil años, va a tener que llegar a su cuarto prácticamente a ciegas. Se deslizó entre una superficie que sintió llena de clavos, el fango atrapó sus pies probando llevándosela hacia dentro, incluso con estas dificultades no aumentó la velocidad porque hay dos amenazas mayores que la detectarán si hace algún movimiento de más. En su mente dilucidó dejar sus zapatos atrás, pero cuando ansió hacerlo realidad la ayuda llegó en su forma más terrorífica: salió el sol. Repentinamente, la oscuridad que gobernaba en el pantano fue reemplazada por un artificial sol ovalado de baja intensidad. El horror la llevó a voltear para verificar al causante, y no es mentira decir que hubiese preferido mil veces que haya sido producto de algo paranormal. Hubiese preferido que el fenómeno no tuviera explicación. Su madre estaba al lado del interruptor, en su mirada hay vestigios de que acaba de levantarse –lo cual es ilógico– y cuando su madre no duerme lo que ella cree suficiente, se pone de muy mal humor. Pristina se le quedó mirando horrorizada por dentro y nerviosa por fuera, esperando a que sea ella la que empiece la discusión. Quiere decírselo. Quiere hacerle entender que ya tiene veinticuatro años y que no tiene nada de malo salir con un amigo, alejarse del ambiente tóxico que en su casa se respira y que no puede depender de ella toda la vida. Sí, la dueña de la casa es su madre. Sí, la mayoría de servicios también los paga su padrastro, pero el modo en el que la ha estado tratando desde que terminó la carrera –incluso desde antes también– es incorrecto. Hacerlo es abrir la caja de Pandora, pero está a nada de reventar.

– ¿Dónde estabas?

Le da vergüenza ajena cada vez que su madre actúa como el gran malo de la película de acción de turno que pasan en canales de aire un domingo a las seis de la tarde. Hay mil maneras de intimidar como para haber tomado la más ridícula.

– Ya te lo dije, cenando con un amigo.

– ¿Por qué no contestabas los mensajes?

– Me quedé sin batería.

Apenas tuvo unos segundos para encontrar el tono perfecto con el que endulzar el comentario y que no dé la impresión de excusa simplona y sobreexplotada, pero su talento dio en el blanco. Claro que su madre perdió la capacidad de reconocerlo.

– Bueno, quería avisarte que te he conseguido trabajo.

– ¿Cómo?

Ni que a ella le sobrara como para ir consiguiéndoles a otros.

– Un amigo mío es supervisor de un supermercado. No sé exactamente qué harás, pero te pagarán siete mil al mes. Nada mal, ¿eh?

– ¿Qué amigo?

– René.

Las alarmas de su cabeza reventaron por un código rojo: René es el nombre que frecuentaba oír en el barrio vecino tras un escándalo en el que una empleada denunció a su jefe por acoso, la iniciativa la alimentaron tres denuncias más directamente por violación. A diferencia de estas últimas, la primera tuvo a la denunciante ganando en tribunales. El castigo fue una multa por una cifra que jamás trascendió y la imposibilidad de estar a quince metros de la víctima. Ahora mismo no recuerda en qué quedaron los demás casos, pero que las actualizaciones hayan cesado ya es un indicio de algo.

– Quiere conocerte mejor. Dice que lo visites mañana en…

– No voy a trabajar con él.

Más allá de que esas acusaciones sean falsas –para ella no lo son– ha coincidido con él tres veces, la última cuando tenía dieciséis años, y si pudiera conversar con las pobres chicas que lo denunciaron todas estarían de acuerdo en que es una persona desagradable con la que tratar si eres mujer. La última vez, probablemente por eso fue la última, sintió y atestiguó cómo estaba mirándola demasiado habiéndose desprendido de sus quince años hacía solamente una semana, ¡y teniendo él cuarenta y cinco! Repulsivo. Este antecedente le basta de pretexto para no volver a tener nada que ver con él nunca más.

– ¿Ah?



Alex Abisalias

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En el texto hay: vidas cruzadas, drama, romance tragico

Editado: 24.11.2019

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