Una vez más

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Prólogo

La noche se presenta agradable, y te hace olvidar del calor que hizo en el día. Y al parecer, todos en Sheridan decidieron salir a disfrutar de esta leve brisa veraniega. Porque claro, nada como una caminata nocturna mientras se degusta un helado de chocolate y limón.

Es lo que justamente estamos haciendo con Scott, con la diferencia de que su helado es de menta granizada y vainilla.

—En serio, no sé cómo te puede gustar la menta granizada. Es de lo más horrible del mundo —le digo y suelta una risita— ¿Y qué me dices de la vainilla? —niego con la cabeza— Menos mal que te amo lo suficiente como para soportar que elijas esos gustos.

—Oh vamos, ¿y qué hay de ti? —alza sus cejas por encima de sus gafas de marco negro— ¿Limón? ¿En serio Naomi?

—Como sea, estoy segura de que si le dices a una persona que escoja por limón o menta granizada, pierdes por mayoría de votos.

—¿Así? —estudia el parámetro, buscando a su participante de la encuesta. Un grupo de cuatro chicos adolescentes vienen en nuestra dirección, hablando y riendo de algo que dijo la chica de coleta alta— ¡Hey, chicos! —las chicas se asustan, mientras que los chicos se miran entre ellos— Tranquilos, no les haré nada más que preguntarles una cosa —los adolescentes lo miran para luego mirarme a mi— ¿Menta granizada o limón?

Se miran entre ellos y se ríen. El semblante de las chicas se suaviza, saben que no están en peligro.

—Limón —contesta con seguridad la chica de coleta.

—No los escogería para un helado, pero si tengo que elegir, voy por el limón —contesta su amiga.

Scott refunfuña ante las dos primeras respuestas, y me río mientras su helado se derrite en su mano derecha.

—Soy de los raros que escogería la menta granizada.

Ahora Scott festeja, y le da las gracias al chico moreno que respondió a su favor. Todo se define con el chico de gorra de béisbol.

¿Empate o gana el limón?

—¿Menta granizada? —hace un gesto de disgusto y ya comienzo a disfrutar mi triunfo— Definitivamente prefiero el limón antes que esa aberración.

Me río e invento un baile para festejar de que gané. Los adolescentes se ríen de mis pasos, por supuesto ¿quién no lo haría? ¡Soy de madera!

Y con una danza alegre me adelanto de Scott, y sigo bailando mientras espero a que se despida de los chicos.

Cuando finalmente ellos siguen por su camino, Scott me mira y no sonríe, no se ríe de mi baile, no hace nada más que discutir con su horrible helado de menta granizada y arrojarlo al cesto más cercano, para luego limpiarse la mano.

Al acercarse a mí, lleva la misma cara seria. A Scott no le gusta perder, y todas las veces que le gané (aunque fueron pocas)  llevó esta cara por un largo momento.

—Tienes que aprender a perder, Scottie —lo abrazo luego de haber arrojado al cesto el cucurucho. Del helado, es mi parte menos favorita.

—Sólo me llamas Scottie cuando ganas.

—Porque lo odias —suspira— Pero a mi me amas, y yo te amo mucho más a ti. Incluso aunque te guste la menta granizada.

Me mira por el rabillo del ojo, y finalmente sonríe. Deja atrás su cara de amargo perdedor y me rodea con sus brazos.

El aroma de su colonia se impregna en mi nariz, y mi cuerpo reacciona ante el deseo de besarlo, y llevarlo a la cama para hacerle el amor.

Pero, a diferencia de ello, me apoyo sobre su pecho y escucho el latir de su corazón. Una sonrisa se dibuja en mi rostro ante tal sonido, es algo en verdad hermoso.

Scott apoya su cabeza sobre la mía, y me abraza aún más fuerte. Adoro cuando hace eso porque me brinda seguridad, protección, amor. Todo lo que es positivo en el amor. Aunque todo en él es positivo.

Llevamos cuatro años juntos, pero cada vez que me abraza fuerte y apoya su cabeza sobre la mía, me instalo mentalmente al momento en donde nos conocimos.

Estaba llegando tarde a mi clase de teatro, y el autobús se estaba yendo, así que decidí correrlo. Si lo perdía, iba a llegar más tarde aún, y el profesor Ribs no iba a estar feliz.

Recuerdo que el chofer miró mi apuro por alcanzarlo, y observó el movimiento de mis brazos para captar su atención, pero me ignoró por completo. Mi dignidad no estaba muy contenta.

No conforme con eso, me caí en el suelo. Me dolían las rodillas, y las palmas de mis manos. A mi alrededor, la gente se reía o disimulaba de muy mala manera sus ganas de reírse. En ese momento, dignidad desapareció.

—¿Estás bien? —me preguntó un chico de gafas. No había señal de risa en su rostro, ni de una sonrisa ante sus ganas de disimular la carcajada.

Asentí tímida, y recién ahí me sonrió, pero fue una sonrisa amable. Me ayudó a ponerme de pie, y como me dolía un poco caminar, me ayudó a llegar hasta la parada del bus.

—Gracias —le dije— ¿Te reíste y luego fuiste a ayudarme?

Se rió.

.—No pude reírme cuando te vi con el rostro rojo como un tomate —sonrió, y luego al ver mis rodillas, hizo una mueca— Tienes un feo raspón.



Maggmon

#13039 en Novela romántica

En el texto hay: amor, dolor, volver a amar

Editado: 13.02.2019

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