Universo Heraldo: Legado de Belhor. Volumen 1

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Sebastian: El ultimo adios

—¡Bel… Jeaneth! —exclamé aliviado cuando las cadenas empezaron a deshacerse.

Ellos me habían liberado, sentí sus energías atravesando las cadenas cuando se empezaron a quemar, sin embargo que hubieran podido solos con un duque era un hecho absurdo. Debía ir a buscarlos inmediatamente y ayudarlos.

Así que expandí mi aura para configurar la salida de aquel plano y regresar al mundo físico. Enseguida todos los túneles empezaron a colapsar a excepción de uno, cuyas antorchas cobraron mayor fuerza.

—¡Espérenme, por favor! —dije empezando a correr.

En mi recorrido me sorprendió una tenue luz blanca que avanzaba por el aquel pasaje, venía en sentido contrario por lo que no tardaría en encontrarse conmigo, me sentí extrañado en primer momento, ya que no fui capaz de reconocerla. No fue sino hasta que la tuve cerca, y sentí su calidez que me di cuenta de lo que estaba pasando.

—¡No! —susurré sin poder evitar que las lágrimas inundaran mis ojos. Después caí de rodillas al suelo.

Una bella y joven mujer con un vestido blanco llegó hasta mí, sus cabellos rubios, ojos celestes y su sonrisa llena de luz me hizo volver varias décadas al pasado, entonces reviví los años en los que ella tuvo esa apariencia.

—¡Te fallé! —dije cabizbajo e incapaz de contener mi llanto.

—No, no lo hiciste —replicó ella abrazándome—. Fueron muchas las veces que me ayudaste antes, además en el estado en el que estaba mi cuerpo… ya era muy poco lo que se podía hacer por mí, no tenía mucho que esperar. ¿No lo crees?

Tomando mis manos me animó a ponerme en pie. Verla nuevamente me hizo recordar lo mucho que vivimos juntos, lo mucho que compartimos. Pocas veces durante la eternidad que llevo transitando por el mundo me había encontrado a alguien que llenara así mi alma.

—No veo a Azrael por aquí, eso quiere decir que Bel aún está…

—Él está vivo, pero esa cosa tiene planes para él —agregó Jeaneth apretando mis manos con preocupación—. Dijo que no lo mataría, pero quiere llevárselo. Tienes que salvarlo.

—No puedo —repliqué negando con la cabeza.

—Sebastián, óyeme, ¡tú tienes que hacerlo!

—No soy Ra, ni Ceo. Si tal vez tuviera su poder podría hacer algo, pero solo soy…

Ella no me dejó continuar, solo me interrumpió halando mi rostro hacia ella y besando mis labios. Su pureza, bondad y amor hicieron que mi corazón latiera de emoción una vez más.

—Yo sé quién eres y qué puedes hacer. He visto a muchos heraldos y seres como tu hacer maravillas. Tal vez no seas el más poderoso de la orden Sebastián, pero te diré algo. Yo amo a los hombres fuertes, y créeme cuando te digo que si fueras débil o incapaz, nunca me habría fijado en ti.

Sin resistirlo más esta vez fui yo quien, deslizando mis manos por su rostro, me incliné hacia ella para besarla una vez tras otra.

—Ya no volveré a verte…

—Nunca se sabe mi amor —contestó ella abrazándome.

—Debo ir a salvar a Bel —añadí reponiéndome—. Debo acabar con Leraje.

—¡No! —exclamó ella negando con la cabeza mientras me sonreía—. Son ustedes dos, luchando juntos los que le pondrán fin a esto. Heraldos y centinelas han peleado juntos contra demonios desde hace ya muchos años y estoy segura de que seguirá siendo así. Él no es una carga o alguien incapaz de lograr esta tarea.

—Es un niño inexperto, impulsivo y problemático. Ni siquiera François quiere encargarse de él, no puedo exigirle tanto cuando hasta su propio maestro se niega a entrenarlo adecuadamente.

—Entonces enséñale, no hay nadie mejor que tu, Sebastián. Si nadie más lo quiere, ayúdale. No hay nada que no puedas hacer si te lo propones, lucha hombro con hombro con ese heraldo, no lo veas como una carga, es tu aliado, apóyate en él y él se apoyara en ti.

—¡Te amo! —dije mirándola a los ojos.

—Debo irme mi amor, me están esperando.

—¡Nunca te olvidaré!

—¡Adiós, Sebastián! —dijo ella volviendo a besarme—. Hasta que nos volvamos a ver…

Tras ese beso ella desapareció, dejándome con un gran dolor. Entonces volví a caer de rodillas, allí los recuerdos me golpearon, como las olas a una pequeña barca en una tormenta.

—Bel… —musité recordando a mi compañero—. Ya voy Bel.

Sin embargo Leraje era un duque. Debía usar algo más si deseaba tener una oportunidad ante él. Así que me levanté y busqué en mis bolsillos hasta que encontré la pequeña pirámide dorada.

Con fuerza la lancé en la dirección de donde había venido, esperando que llegara lejos, lo suficiente para que pudiera servirnos adecuadamente. Hecho esto empecé a correr hacia la luz, con la pirámide y con la ayuda del heraldo que me esperaba tal vez podría vencer a Leraje. No… ningún tal vez. Esta vez sí lo lograríamos.



Gerhard

Editado: 21.08.2019

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