Unus Mundus "Conectados A Través De La Mente"

Tamaño de fuente: - +

La enfermedad 6

Era claro que ella no tenía respuesta alguna de lo que le estaba pasando, sus sentimientos, su vida se estaba viendo gradualmente afectada por todo aquello y quería ser capaz de encontrar una solución, una que no llegaba, necesitaba aquel auxilio que nadie sería capaz de darle. La doctora Ellen le había tomado por esquizofrenia todo lo que le pasaba, pero ella afirmada para sus adentro que todo lo que le estaba sucediendo era totalmente real, si, sabía que no era nada normal el ver y sentir cosas de otra persona. Todo aquello era un circulo, no había lugar en donde poder encontrar una solución, un lugar donde parar, no había solución solo era capaz de seguir el camino del circulo vicioso que estaba tomando su mente. Y tenía miedo, no quería perder la razón por todo lo que le pasaba, su madre le dijo siempre que tenía que ser fuerte a pesar de las adversidades y esta vez no era para menos.

Salió del trance de su mente al escuchar unos golpes débiles en su puerta, y después de eso ver el rostro de lo doctora Ellen entrando a la habitación.

–¿Cómo te sientes Anabeth?

–Bien – le regalo una pequeña sonrisa. Tenía que salir de aquel hospital como diera lugar.

–Tu padre me ha contado lo sucedido – lo que más había temido salió de la boca de la doctora, ella muy bien sabía que podía pasar – ¿Cómo interpretarías esos delirios?

–Creo que fue solo una pesadilla, nada fuera de lo normal – la doctora seguía haciendo su evaluación. Se sentía nerviosa, no era buena mintiendo.

–¿Y qué me dices de las voces?

–Como te he dicho, fue una pesadilla, creo que las voces vienen también incluidas en ese caso – sentía como un sudor helado se colaba por su espalda. Era la peor situación para entrar en algún taque de ansiedad.

–¿Por qué te poner nerviosa? – bajo la mirada.

–No estoy nerviosa.

–Sí lo estás, además de que me estás mintiendo – era imposible. Si tan solo su padre no le hubiera dicho aquello a Ellen ahora se estaría yendo del hospital.

–No lo hagas Ellen, por favor.

–T ú más que nadie sabe qué pasa en estos casos de crisis – sentía arder sus parpados – Te prometo que serán poco días.

Ellen salió de la habitación, dejando que el miedo la aterrorizara. Permitió que las lágrimas se derramaran por sus mejillas, conocía lo que le pasaría, su padre también lo entendía y aun así le había dicho a Ellen. La encerrarían, como si de una desquiciada se tratase. Atrajo sus piernas a su cuerpo y se abrazó a sí misma. Ya nada le quedaba para luchar, y no es que tuviera mucho, pero temía lo que en esa habitación blanca pudiera pasar. Se dijo a si misma que ella estaba bien, que estaba totalmente cuerda y sana. Nadie le podría arrebatar lo que ella en realidad creía.

Pasaron unos minutos, hasta que escucho de nuevo esos golpes en la puerta para dejar ver a Ellen junto a su padre y dos enfermeras.

–No quiero que esto se ponga difícil Anabeth, pero te tenemos que sedar – busco los ojos de su padre, y vio como el hombre apartaba la mirada.

–Papá, mírame – el hombre le dé volvió la mirada y vio en el miedo –No permitas que lo haga, sabes lo que pasara.

–Es lo mejor Ana.

–¡¿No, no es lo mejor, el encierro no es una solución?! – ya se encontraba fuera de sí, y sabía que eso no era algo que estuviera a su favor – ¡¿No lo permitas, te lo pido?!

Las lágrimas se derramaban sin control alguno, su cabello desordenado, sus mejillas mojadas, su rostro lleno de miedo conjunto con la angustia. Ya no tenía escapatoria, tenía que enfréntalo ella sola, sabía que la imagen que le estaba dejado a la doctora no atribuiría nada bien en su estadía en psiquiatría, pero que importaba ya, al fin y al cabo, su padre dejo que la encerrar en aquella cárcel que en si no tenían barrotes, pero si esas paredes blancas que desquiciaban a cualquiera.

–Sera mejor que empecemos.

Las dos enfermeras se colocaron a su costado izquierda, una de ellas tomo su brazo mientras que la otra traía consigo una jeringa, inyecto un liquito en su antebrazo. Sabía muy bien que la iban a mantener sedada, pero no sabía por cuanto tiempo. El liquito fue haciendo su efecto y sintió la pesadez llegar a su cuerpo. Cerro sus ojos por inercia y no fue capaz de escuchar nada más que el cerrar de la puerta de su habitación.

Lo siento – de nuevo aquella voz en su mente.

Ya no hay nada que lamentar, ni perdonar.

Si que lo hay, estas en esta situación por mi debilidad – ya no tenía fuerzas en su mente para luchar, ya no quedaba nada.

Ya no importa, harán conmigo lo que se les venga en gana, terminaré como mamá.

No, serás fuerte Beth – aquel diminutivo – Sé que piensas que no te queda nada, pero estás equivocada, yo estoy contigo, serás fuerte.



E.D. Umaña

Editado: 10.06.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar