Vampeires: Jack

Tamaño de fuente: - +

ENCUENTRO INESPERADO

Nota: Segundo libro de la saga Vampeires.

 

Aunque no es obligatorio para seguir este relato, os recomiendo que leáis la primera parte titulada: Vampeires: Origen.

 

Londres, 15 de Septiembre de 1879

 

Los zapatos de Bram hicieron un sonido sordo al bajar del tren y hacer contacto sobre el duro suelo del andén. Se dirigió sin demora hacia el exterior de la estación de Charing Cross sorteando a todo tipo de gente de lo más variopinta, desde hindúes ataviados con sus típicos turbantes y espesa barba, negros de ropa raída vendiendo todo tipo de productos de dudosa procedencia a señores bien trajeados esperando a sus amadas o familiares.

Una vez fuera descubrió ante sí un cielo de un gris plomizo que parecía amenazar lluvia. Cogió Craven Street dirección norte hacia la National Gallery. En ella se estaba exponiendo una colección de pinturas rumanas entre las que destacaba el retrato de Vlad III Tepes, motivo por el que él se encontraba allí. Hacía tiempo que un amigo, Arminius Vámbéry, le había contado historias sobre este personaje y su imaginación se había disparado sintiendo la necesidad de saber más de Vlad, de una forma tan poderosa que no sabía explicar ese cosquilleo que sentía mientras se aproximaba a la galería, un apremio que lo había llevado de aquí para allá buscando información sobre costumbres, tradiciones y supersticiones valacas.

Cruzó West Strand esquivando a duras penas los carros de tiro y pasajeros que circulaban por la calzada a toda velocidad. Casi sin notarlo, sintió que cuanto más cerca estaba de la National Gallery su pulso se aceleraba, un sudor frío le recorría la frente y sus piernas se movían como si fuesen de un autómata con vida propia. Se dio cuenta de su cercanía cuando pasó cerca de la estatua del Almirante Nelson girando hacia la izquierda dirección a Trafalgar Square donde se encontraba su destino.

Delante de él se encontraba ese majestuoso edificio que años atrás había traído de cabeza al arquitecto William Wilkins tanto por problemas de ubicación como coste económico. Dicho edificio, con su frontal de ocho impresionantes columnas, era conocido cariñosamente como "el pimentero", debido al capitel que la coronaba que recordaba la forma de este utensilio.

Subió la escalinata de mármol a toda prisa y se acercó hacia la entrada principal conteniendo la respiración. La excitación era tal que no reparó en el guarda que le pedía amablemente que bajase el ritmo ya que no estaba permitido correr en el recinto. Haciéndole caso a desgana cogió un panfleto donde podía verse en grandes letras góticas el nombre de la colección itinerante que allí se exponía: Rumanía mágica. Aunque él pensaba que tal nombre estaba pensado principalmente para atraer visitantes, lo dio por bueno ya que se sentía atraído como por arte de magia por aquello que en breve vería ante sus ojos.

Buscó la sala y se encaminó hacia ella mientras ojeaba nervioso ese trozo de papel que le explicaba brevemente las composiciones y material expuesto. No le costó encontrarla ya que la puerta de la sala estaba flanqueada por dos réplicas de guardias moldavos bastante bien conseguidos. Atravesó el pórtico y ante su vista se encontraban, objetos típicos rumanos, cuadros, armas y armaduras completas como si dieran a entender que, en aquella región tan remota, se había conseguido la paz durante años a base de incontables guerras. Cada una de ellas tenía al pie un cartel con su nombre, fecha, un poco de historia y explicación de su uso.

Justo en el centro de la sala se encontraba un retrato que supo sin ninguna duda que se trataba de aquél que había venido a buscar. Se aproximó como quien tiene miedo de que ese personaje reflejado en la tela fuese a salir del cuadro y abalanzarse sobre él con oscuras intenciones. El sudor se hizo más evidente a cada paso. Se desabotonó la chaqueta y aflojó la corbata buscando cierta comodidad.

Aquél cuadro de colores vivos presentaba un hombre serio, altivo, sin un reflejo de piedad en su mirada. Podía sentir la fuerza que había conseguido transmitir el pintor a aquél rostro. Sus ojos grises parecían mirar al infinito como buscando desesperadamente ver el futuro que le deparaba su destino. Por lo que Bram sabía, había sido decapitado por los turcos y su cabeza había sido introducida en una vasija llena de miel para que se conservase en perfecto estado hasta llegar a su destino. Éste no era otro que la morada de Mehmet II quién lo odiaba terriblemente. Vlad aparecía con un poblado bigote con los bordes levemente levantados y una perilla igualmente vellosa. Una casaca roja con botones dorados adornaba su rígido atuendo.

Tan absorto se encontraba admirando la pintura que por poco no repara en aquel hombre que se encontraba a su lado cual pétrea figura mirando el cuadro. Al principio lo miró de soslayo, pero pronto se encontró mirándolo abiertamente sin ningún pudor. Aquél hombre emanaba un aura oscura, algo extraño había en aquella persona, tanto como lo habría en un hindú como los que se topó hacía rato en la estación de tren. No sabía exactamente que había de raro en él, pero pensó que algo no cuadraba en esa imagen tranquila. Su pelo extremadamente largo le llegaba por debajo de la cintura. De un negro intenso, le caía liso sobre su amplia espalda. Su rostro de un pálido enfermizo le llamo poderosamente la atención ya que no tenía barba, ni siquiera la sombra de un incipiente vello que pugnase por salir de sus folículos. Casi parecía un adolescente a su lado, pero algo le decía que ese hombre tenía más años de los que aparentaba. No pudo ver sus ojos ya que unas gafas ahumadas los tapaba casi por completo, pero por un momento creyó ver un destello violáceo por uno de los laterales cuando éste hizo un movimiento de cabeza en su dirección percatándose de ser observado.



Jaroh Lonescu

#5715 en Fantasía
#2513 en Personajes sobrenaturales
#3178 en Thriller
#1792 en Misterio

En el texto hay: vampiros, misterio, vampiros y romance

Editado: 02.10.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar