Vampeires: Orígen

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STEFAN

No sé cuánto estuve llorando la perdida de mi amigo, pero no me importaba. En aquel momento solo quería recordar todo por lo que habíamos pasado juntos, y no me refería a ese increíble "ahora" que nos había tocado vivir, sino a los recuerdos más antiguos, cuando nos conocimos y nos hicimos amigos eternos. Arrodillado junto al cuerpo de Karel, rememoré, todas las batallas imaginarias en las que tomamos parte, nuestras luchas, su gran sentido del humor, y el llanto se volvía más incontenible. Necesitaba vaciar mi cuerpo del dolor de su perdida, pero parecía ser inagotable aquella fuente.

- Amigo mío, esta ha sido tu batalla más memorable y así se lo haré saber a los nuestros – dije al fin, abatido. Kassandra me observaba desde la distancia, intentando contener la necesidad de consolarme, pero sabía que necesitaba despedirme de mi compañero a solas y se contuvo.

Casi no me di cuenta, dado mi estado, de que alrededor nuestra, unos soldados revisaban los otros dos cuerpos, respetando momentáneamente el de Karel. Probablemente había llegado junto a Kassandra pero no lo pude precisar con certeza. Sus vestimentas, diferentes a la de los soldados que recordaba en el interior del castillo, me llamó la atención, llevaban una especie de peto escarlata que le cubría la parte superior del cuerpo que mantenían sujeto al cuerpo con un cinto de cuero bastante ancho, del que colgaban sus largas espadas. En el centro del peto, había un símbolo idéntico al amuleto que había visto del monje que asaltamos, según me dijo Milos, se trataba de una cruz, símbolo de la religión que profesaban. Busqué con la mirada a Kassandra en un intento por comprender quienes eran esos hombres.

- Son miembros de la Guardia Moldava, la guardia personal de mi... de Vlad. – se corrigió – Me acompañaron en el momento que decidí venir a buscaros, ya que solo cumplen las ordenes de él. Y son la de seguirme allí donde vaya. – terminó de decir aproximándose un poco.

- ¡El capitán está vivo! – gritó uno de los soldados que se encontraba junto al cuerpo de Stefan. Aquello me desconcertó ya que Irina lo había destripado literalmente, ¡yo lo vi! En un intento por corroborar lo que el soldado decía, me aproximé a Stefan y me arrodille a su lado. Efectivamente seguía vivo, aunque la forma superficial de respirar y la extrema palidez, me hicieron sospechar que no sería por mucho tiempo. Tenía la mirada perdida y supuse que se encontraba en estado de shock. Un soldado estaba vendando la herida en un intento por mantener todo en su sitio o por lo menos evitar que algo entrase en el vientre con la consecuente probabilidad de infección.

Al poco llegó un carromato en el que subieron con mucha delicadeza, a Stefan y Karel, según dijeron para llevarlo al médico del castillo para certificar la muerte de mi amigo e intentar salvar la vida del Capitán. Para mí poco había que certificar, yo vi como lo mataba la vampira, ¿o se había salvado igual que Stefan? Aquella duda hizo que me subiese al carromato para sorpresa de los soldados. Tomé las constantes vitales de Karel y dudé, por un segundo me pareció notar pulso, pero no estaba seguro. Aguardé. Nada. Justo cuando iba a retirar la mano, note otra pulsación. ¡No lo había imaginado! ¡Estaba vivo! ¿Pero cómo era posible? Estallé de alegría al saber que no había perdido a mi amigo. Cuando volví a serenarme, apremié a los que llevaban el carromato que no perdieran ni un segundo en partir hacia el castillo.

El cuerpo de Irina, sin embargo, lo habían dejado allí tirado como un despojo, y la tristeza volvió a conmoverme.

- ¿Y a ella por qué la dejan ahí? – le pregunté a uno de los soldados que parecía el más joven de todos.

- Señor, no le entiendo. Ella ha intentado acabar con su vida y la de sus acompañantes. No se merece ningún privilegio. ¿Acaso desea que la transportemos junto a los heridos?

Aquella pregunta me indignó. Esa falta de piedad en un momento así era algo a lo que no podría acostumbrarme. Entonces lo decidí, yo mismo le daría sepultura. En uno de los laterales del carro, había atado una pala que procedí a desatar y una vez liberada me dirigí hacia el cuerpo de la muchacha. Todos empezaron a marcharse, menos Kassandra, que se aproximó a mí posando su mano sobre mi hombro. Sin mirarla, y en tono firme le pedí que se marchase con el grupo. Yo volvería cuando hubiese cumplido con Irina.

- ¿De verdad quieres hacerlo? Si quieres puedo pedir que la entierren otros, no tiene por qué se tú. – dijo compasiva.

- No te preocupes, quiero hacerlo. Yo fui quien la vi nacer como vampira y seré quien la entierre. Vuelve con los demás.

Kassandra tuvo la intención de decir algo, pero se contuvo. Probablemente me conocía ya demasiado bien, como para saber la determinación que podía tener. Volvió sobre sus pasos hacia el grupo que ya estaba en camino. Un soldado la esperaba junto a la montura.

Me quedé un rato observando el cuerpo inerte de Irina y verla así, en apariencia tan indefensa, desnuda, hizo que algunas lágrimas se derramasen por mi cara. Me aseguré de que todos se hubiesen marchado antes de empezar a cavar la tumba. Elegí la base del árbol que me pareció más grande y clavé la pala con determinación y empecé a retirar tierra y nieve por igual. La primera capa se me antojó dura, y pensé que la tierra estaba demasiado congelada, lo que valdría un esfuerzo grande por mi parte. En efecto no era la mejor época para enterrar a nadie. Pero una vez pasada la capa más superficial la tierra se volvió benevolente con este Vampeire.



Jaroh Lonescu

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En el texto hay: vampiros, suspense, vampiros y romance

Editado: 18.02.2018

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