Vampeires: Orígen

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EL VIAJE

- ¡Todos a bordo! – dijo el capitán.

Subimos a la cubierta mientras unos marineros de aspecto sospechoso cargaban nuestro equipaje y lo llevaban hasta la bodega. El barco que se llamaba "El mercader de Bizancio" era una nave de tres mástiles con una serie de grandes velas cuadradas empleadas en la propulsión del navío.

Para poder estar entre los humanos sin levantar sospechas, Yulka nos proporcionó un invento que nos pareció en un principio extraño pero que resultó de gran utilidad. Los llamaba anteojos y según nos explicó ese modelo estaba hecho a partir de unos inventados por un erudito alemán. La única diferencia radicaba en que el cristal era totalmente plano y se había ahumado dándole un aspecto negruzco. De esta forma nuestros ojos quedaban ocultos a miradas indiscretas y nos daba cierta libertad de movimiento. Junto a las capuchas, podríamos llevar un viaje relativamente tranquilo.

Nada más pisar el barco, Yulka empezó a sentirse mal. Se tambaleaba tanto que le resultaba imposible permanecer derecha más de tres segundos. Sus cambios de color no presagiaban nada bueno. Varias veces salió disparada hacia la borda del barco debido a las arcadas que tenía. Me ofrecí a ayudarle y la sujeté por la cintura mientras ella se encorvaba y se afanaba en menesteres menos románticos.

- Gracias – dijo mientras se dejaba caer sobre unos cabos enrollados en la cubierta.

- De nada.

Me puse a mirar hacia el horizonte todavía con el calor del cuerpo de Yulka en mi mente y rememoré las veces que tuve a Kassandra pegada a mi cuerpo y como el solo contacto con el mío me hacía estremecer de una forma poderosa. Una solitaria lágrima salió contra mi voluntad y corrió ligera por mi mejilla. Supuse que aquella mujer más pendiente a su estado de salud que a mí no se había percatado de ello y disimuladamente la recogí con el dedo índice. Giré la cabeza buscando a mis compañeros y los divisé admirando la construcción del barco e interrogando a unos marineros sobre las dudas que tenían al respecto.

- Debías de amarla mucho – respondió Yulka.

Dudé si contestarle, si lo hacía, daba por seguro que no podría parar de hablar. Tanto dolor escondido dentro de mí ser por tan largo tiempo me estaba envenenando. Me arriesgué.

- No sabes cuánto. – dije escuetamente.

- ¿Qué pasó? – preguntó con toda naturalidad.

- Murió. Por culpa de la maldad de un hombre que no pudo soportar vernos juntos y felices.

- ¿Fue asesinada?

Ella se reincorporó y acercándose a mí, me agarró del brazo mientras apoyaba su cabeza sobre mi hombro.

- Se suicidó porque creía que yo había muerto en una batalla. Fue una perdida que aún hoy me sigue doliendo.

El estar hablando de este tema con ella lejos de ser incomodo me resultaba reconfortante. Dejé que mi corazón se rindiese. Proseguí.

- Cuando recogí su cuerpo inerte, durante horas no supe que hacer, simplemente no podía separarme de ella. Sólo cuando amaneció y su cuerpo había perdido todo calor supe que había llegado el momento de la despedida.

- Fuiste tú quien la enterró, ¿verdad? – susurró.

- Sí. ¿Por qué lo preguntas?

- Porque en el poco tiempo que llevamos conociéndonos eres lo suficiente caballero como para dejar que otros se encargasen de su cuerpo.

- La enterré junto a dos Vampeires, una pareja que nunca pudo ser feliz juntos. Resulta irónico que eligiese enterrarla allí ya que ella tampoco pudo vivir con la persona que amaba. Sus sueños felices se marchitaron con su cuerpo. Ella me dejó una carta que por diversas cuestiones no pude leer antes de que muriese y lo que contenía hizo mi dolor más insoportable aún.

- ¿Y que decía la carta? – dijo intrigada.

- Mejor te lo digo en otra ocasión.

En ese momento un marinero anunció que zarparíamos en breve.

- ¿Sabes? El dolor es como subirse a este barco.

- Perdona, pero no entiendo que quieres decir.

Yulka me sonrió cálidamente y me besó en la mejilla. Acto seguido se dirigió hacía mis amigos. Mientras se alejaba me habló. Solo yo pude entender el significado de sus palabras.

- Cuanto más tiempo pasa, menos intenso es el malestar.

Sonreí por el símil y me sentí más ligero, capaz de avanzar y seguir mi destino. Fuese el que fuese. Me giré para observarla y la vi caminar perfectamente y aparentemente respuesta. Si seguía enferma lo disimulaba muy bien.

Después de aquello tuvimos más oportunidades de hablar y descubrí que aquella mujer, a pesar de su juventud, tenía una experiencia sobre la vida extensa y rica. Llegué a apreciarla mucho y la echaría de menos al regresar, de eso no me cabía duda.

Las semanas pasaron y salvo algún que otro día de mal tiempo todo transcurrió dentro de la normalidad. Solo cuando las provisiones que había preparado Yulka se le acabaron, su mal humor fue en aumento. Según decía, tener que comer esa bazofia que se preparaba en el barco era un delito que debía estar penado con la muerte. La carne salada tenía que meterse un rato en agua dulce para reducir la cantidad de sal ya que de otra forma provocaba una tremenda sed difícil de soportar. Tampoco abundaba el agua, que era racionada a medio litro por persona y día.



Jaroh Lonescu

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En el texto hay: vampiros, suspense, vampiros y romance

Editado: 18.02.2018

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