Vampeires: Orígen

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EN CASA

Abrí los ojos y por un momento todo seguía siendo oscuridad. Poco a poco fui descubriendo pequeños destellos parpadeantes que me saludaban desde el cielo. Todavía me encontraba aturdido y giré la cabeza hacia un lado decubriendo aquella formación rocosa de mi mundo, ahora apenas iluminado por la tenue luz de la luna. Allí se alzaba con su forma circular cual figura fantasmagórica amenaza el dulce sueño de un bebé.

No pude evitar pensar que todo había sido un mal sueño, que nunca habíamos salido de allí, que ni Kassandra ni Vlad habían existido. Que nada de lo que recordaba tan vívidamente había sido real, pero una pequeña punzada en el costado me cortó momentáneamente la respiración. Acerqué temblorosamente mi mano y pude notar perfectamente la cicatriz que me había dejado la traicionera puñalada de Vasile.

Intenté varias veces incorporarme hasta que por fin logré sentarme. Miré a mí alrededor y para alivio mío pude ver como Karel y Milos empezaban a recobrar la consciencia.

Sin saber muy bien porqué seguí examinando los alrededores. No sabía que buscaba pero ese impulso me estaba moviendo poderosamente. Un casi imperceptible sollozo llegó desde uno de los laterales del gran círculo. Lo que en principio creí que era una roca en un lateral, resultó ser una mujer acurrucada. Temblaba incontroladamente y se abrazaba a sus piernas flexionadas en un vano intento de resistir aquellos espasmos. Me acerqué a ella sabiendo perfectamente de quien se trataba.

- Tranquilízate Yulka. Ya ha pasado todo. – le dije dulcemente mientras acariciaba su pelo.

- ¡Lo siento! ¡Lo siento! – empezó a decir mientras intentaba controlar el cada vez más abundante torrente de lágrimas.

- ¿Por qué te disculpas? ¡No has hecho nada malo!

Esas palabras salieron sinceras aunque mi corazón sabía el porqué de esa disculpa.

- ¡No lo pude evitar! ¡No me quería separar de él! ¡Por favor perdóname! – suplicó mientras me miraba directamente a los ojos. De reojo miró a Milos y su mirada cambio radicalmente. Até cabos.

- Está bien, te perdono. – le dije devolviéndole una sonrisa. ¿Qué más podía decirle? ¿Qué había sido una imprudente? ¿Qué estaba mal estar confesándome su amor por mi amigo?

- Sé que mi corazón no es correspondido, pero... solo el estar cerca de él es suficiente. – dijo mientras bajaba su cara hasta quedar oculta por algunos mechones de pelo.

- Eso no lo sabrás hasta que se lo preguntes.

Durante un breve periodo de tiempo estuvimos en silencio. Solo cuando Karel y Milos estuvieron completamente recuperados decidimos comenzar el descenso. Ninguno de los dos dijeron ninguna palabra sobre Yulka, ni falta que hacía, de seguro lo habían escuchado todo.

Karel se prestó voluntario para ayudarla a bajar por la empinada y abrupta bajada ya que ella no podía ver perfectamente en aquella oscuridad. Milos permaneció a mi lado abriendo el camino. Conforme íbamos acercándonos a la base de la montaña, nuestros ánimos fueron mejorando e incluso nos permitimos alguna que otra broma con la poco ortodoxa forma de bajar de nuestra amiga que nos maldijo unas cuantas veces.

Al llegar por completo nos encaminamos al camino que nos conducía al pueblo. Pasamos varias casas hasta detenernos en la casa de Leena. No parecía que hubiese nadie ya que las ventanas no arrojaban nada de luz del interior. Me inquietó aquello. ¿Había pasado algo en aquellos tres años que habíamos permanecimos fuera? ¿Se habían marchado del pueblo?

No sabía que pensar. Realmente hasta ese momento no me había parado a pensar en las consecuencias de todo aquel asunto. No sabía cómo reaccionaría en caso de volver a verla.

Miré a mis compañeros y vi la misma incertidumbre en la cara de Karel.

- Vamos a mi casa – dije por fin. De todas formas era la que más cercana quedaba exceptuando la de Karel que también aparecía a oscuras.

Avanzamos con paso ligero y llegamos por fin ante el umbral de mi casa. En el interior había luz. Algunas risas conocidas se escuchaban tras la puerta. Ethel, Leena y mi madre parecían ajenas a nuestra fantástica aventura. Karel y yo cogimos aire antes de abrir la puerta.

- ¡Estamos en casa! – dijimos al unísono. Nos miramos y nos agradecimos sin palabras el apoyo mutuo.

Nada volvería a ser igual después de aquel día.

FIN



Jaroh Lonescu

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En el texto hay: vampiros, suspense, vampiros y romance

Editado: 18.02.2018

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