Vera: En Busca de un Hogar

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Capítulo 1 - Un Pasado Incierto

Nunca me ha gustado viajar, siempre preferí quedarme en casa… ¿Será porque viajé demasiado? Sí, creo que sí.

Me llamo Vera, no sé qué día ni qué mes nací, pero de lo que sí estoy segura es de mi edad, gracias a Madame Parrosci por habérmelo dicho, la única cosa buena y sabia que ha hecho, bueno… creo que toda mi vida se la debo a ella, y eso que era una arpía y una mala mujer, pero si no fuera por ella, si no fuera por las personas con las que me he cruzado no estaría aquí escribiendo y contándote mi historia.

Les contaré mi nacimiento y mi llegada al orfanato como mi joven tutora me lo ha explicado. Comencemos.

Érase una vez una bebé cuyos padres nunca aparecieron, nunca dieron la cara, y nunca se atrevieron a preguntar años más tarde por la niña. Los dos, o quizás uno de ellos, abandonó a la recién nacida en un convento, el convento Santa María de Nuestros Corazones, ubicado en la calle Rodgers en la zona oeste de Pomestry. Sor Marina se disponía a sacar la basura cuando se encontró con la criatura. El ambiente era horrible, no paraba de lloviznar y el viento lo empeoraba todo. La hermana Marina no dudó y, luego de cumplir con su labor, entró junto conmigo. De un momento a otro dejaron que la una vecina me amamantara y me mantuvieron oculta unos meses hasta que consiguieron el lugar “perfecto” para dejarme otra vez a la intemperie, aunque al menos tendría un techo.

La señora Aidé Parrosci fue quien recibió a las hermanas y, creyendo que venían a darle un sermón de aceptar a Dios, estuvo a punto de cerrarles la puerta en sus narices, pero sor Marina habló primero.

-La han abandonado y no nos permiten tenerla en el convento, sea amable.

Aidé, que siempre respondía como Madame Parrosci, arrugó la nariz. Odiaba a los bebés, odiaba su hogar, odiaba a los niños, quería quitárselos de encima cada vez que podía. Hizo sonar su cuello e hizo un raro movimiento con los hombros, como si se estuviera preparando para una maratón. Suspiró y asintió con la cabeza, rendida, y me colocó en sus brazos sin quitar su cara de asco mientras las hermanas sonreían y creían que Dios me había iluminado ¡Qué equivocadas que estaban!

Madame Parrosci no tenía paciencia para criar a una bebé, de modo que me entregó a una de sus concubinas, se llamaba Adelaida, pero todos la llamaban Ada. Era un encanto de persona, reíamos, cantábamos y jugábamos juntas, pero la sentía más como una hermana que como una madre, debido a que tenía trece años.

De un día para otro Ada desapareció, nunca volví a verla y esto significaba que yo ya no era una niña a la que debían cuidar y mimar, ahora era una niña que podía trabajar y hacer algo porque para Madame Parrosci la edad ideal para comenzar a trabajar era a los cinco años. Ya podemos caminar, correr y hacer ejercicio.

-¡¿Quién está entusiasmada en cenar conmigo hoy?! –Preguntaba en voz alta mientras trabajábamos para infundir miedo-. ¡¿Quién?! ¡¿Alguien?! ¡Entonces a trabajar, vamos, ésas ventanas no se limpiarán solas! –Gritó luego de un silencio.

Madame Parrosci era alta, delgada, de cabello castaño y atado en un rodete, con un vestido verde con detalles en violeta. Sobre los armarios del orfanato había fotos de ella cuando era joven, no de niña, sino de adolescente y un poco más de adulta. Era bella sin lugar a dudas y nunca podía dejar de pensar en qué le había pasado para terminar siendo mandona, fea y sin corazón. Una de mis amigas, Samanta, suponía que ella era así por algún amor no correspondido o un hombre que la dejó plantada en el altar. Por otro lado, Julia, decía que era porque perdió la memoria y ya no recuerda su belleza y lo que era la sonrisa. Yo no sabía lo que era un amor no correspondido y mucho menos un altar, como tampoco sabía cómo una persona podía llegar a perder la memoria, Ada me había educado siempre a base de risas y juegos, nunca me inculcó conocimiento alguno, en parte porque ella jamás pisó una escuela. Creo que Madame Parrosci la escogió a ella para que me eduque a propósito, una ignorante cría a otra ignorante y trabajará las veces que le ordenara.

Mi biografía no era tan extensa, estaba escrita en letra cursiva y con una pluma lo suficientemente negra y visible posible. Al final, escrito en imprenta, se encontraba un comentario “Educada por AdelAidé Parrosci”, reconocí la letra de la señora Morghen enseguida. Todas nosotras llevábamos el apellido Parrosci, bueno, en realidad no era un apellido, así nos conocían, éramos del hogar Parrosci de modo que nos apellidaban temporalmente así hasta que una pareja se dignara en adoptarnos.

Hay algo que nunca olvidaré de aquel hogar… los grandes ventanales y los funerales. Una noche una de las pequeñas que vivían allí, de nombre Dana, se encontraba jugando por los pasillos con una pelota que rebotaba tan alto que a cualquiera le costaba alcanzarla. Yo recuerdo a Dana, era pelirroja, sus ojos marrones, y le encantaba usar sombreros, boinas especialmente. En un momento de distracción, que nadie sabe explicar cómo fue, Dana cayó por el ventanal que estaba al final del pasillo del piso tres y murió tratando de alcanzar la pelota. Su funeral se realizó dentro del hogar, como se realizaban los funerales de cualquier vagabundo o persona no reconocida por su familia que vivía por el barrio. Los velaban en la sala principal, en la sala donde de lunes a viernes se nos prohibía estar, a menos que sea para limpiar, y en la cual, sábados, domingos y feriados, teníamos permitido conversar y jugar. Eran los únicos días alegres. Pero no podía sentirme cómoda pensando que esa sala sirvió para recostar y velar a gente muerta, de hecho comenzó el rumor dentro del hogar que a Madame Parrosci le “encantaban” los muertos. No sabía a qué se referían con eso. Lo único que sabía era que un día o dos velábamos a alguien y, de la nada, desaparecía el cadáver. Algo parecido a lo que pasó con Ada. Desaparecen, nadie ve cuándo se los llevan.



Domitila Tronte

Editado: 13.08.2019

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