Vestir de blanco: hija de Orixá

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5. Amistades perdidas

 

“Una pareja, sentados, se miran a los ojos, se buscan, él quiere besarla, ella lo sabe, sólo espera el momento adecuado. No, eso es muy trillado, intentemos otra cosa: caminan por la calle, se los ve entre la multitud, no esperan conocerse hasta que un asesinato los encontrará cara a cara como testigos. Es demasiado ¿Será que hoy no podré salir de este pantano? ¡Bajá Inspiración! Yo aquí te espero; mirá que te necesito, te pido una idea, una solita, después me encargo yo. ¡Bajá Inspiración! Me hacés falta, no basta el café que saboree antes de sentarme a escribir, ni que haya anunciado mi día creativo en mis redes sociales, te necesito, requiero de tu ayuda mágica. ¡Bajá ya!”

Elizabeth estaba desesperada, el puntero del Word seguía titilando a la espera de una frase, palabra o letra que comenzara una nueva escena del guión que debía entregarle a Andrea. El rostro de Adamaris se le cruzaba todo el tiempo, no podía salir del recuerdo de aquel encuentro en la santería, en lo que había sentido con el eruexim en su mano, en los ojos de Matías mirándola con admiración y deseo; sentía que su vida estaba cambiando, que ya no era rutinaria, previsible. Tocaron la puerta, y eso sólo bastó para que ella despertara de los laberintos mentales que la mantenían en vigilia. Se acercó al llamador, levantó el teléfono y el rostro de su amiga Estefanía pronto cubrió la pantalla en blanco y negro.

- ¡Hola Liz!- exclamó la amiga sin enfocar en la mirada de la dueña del departamento.- ¿Te molesto?

- No, para nada ¿Querés pasar?...-

 

Preguntó con la esperanza de que su amiga le dijera que no, pero era Estefanía, su amiga más curiosa y habladora, no importara la situación ella siempre tenía que decir algo. La puerta del edificio se abrió para que la invitara entrara taconeando con paso ligero hasta el ascensor. Elizabeth se acomodó el cabello revuelto, se miró al espejo

- Si me quiere no le va a molestar mi aspecto.- dijo al aire, con voz firme.

 

Antes de escuchar el sonido del timbre, Elizabeth ya había abierto la puerta para encontrarse con la blonda. Se abrazaron las amigas, no habían tiempo de encontrarse a solas desde el episodio de Santiago, quizás era porque el sólo recuerdo del ojo morado de una y el ataque de nervios de la otra frente a la inútil de la Comisaría de la Mujer provocaba un escalofrío entre ellas, un secreto que ambas callarían hasta la muerte.

- Te veo más rubia, Estefi.- Elizabeth corrió a la cocina.

- Puede ser, es un tratamiento nuevo…- la voz de su amiga sonaba cada vez más cerca.- ¿Vas a hacer café? A mí haceme un té, con stevia, si tenés.

 

Elizabeth la fulminó con la mirada.

- ¿Dieta nueva?

- Estilo de vida nuevo, hay que cuidarse de tantas porquerías, ser más natural…

- Lo dice la chica que se tiñe desde los quince años ¡Me encanta tu naturalidad!-

 

Elizabeth apretó los labios para evitar la risotada. La interpelada la miró y sonrió, vacía por dentro, porque después de aquel episodio, el de Santiago, su corazón no quería volver a ser lastimado por un hombre, o por una mujer, o por un perro. Guardaba un espacio de agradecimiento a su amiga de toda la vida, la única que ante aquel golpe se levantó a las tres de la mañana, llegó a su casa, le dio una piña al loco que estaba pasado de copas, y la sacó de ahí, la cuidó como si fuera su madre, y juntas pasaron la tempestad, para ella, para su amiga, sí latía su corazón.

- Una hace lo que puede…- agregó Estefanía antes de reparar en una pequeña imagen de Santa Bárbara que Matías le había regalado a Elizabeth la segunda vez que pisó su local. - ¿Y eso?

- Nada.- contestó tajante.

- Nada no, esa imagen es de Santa Bárbara, pero, que vos la tengas en tu cocina, es raro, muy kitsch.

- Digamos que… tiene que ver con mi nuevo yo.

 

La rubia sonrió y Elizabeth pudo respirar profundamente. ¿Por qué tenía miedo de contarle que estaba pensando en ser afroumbandista de la mano de la Mae Adamaris de Iemanjá Bomí y que estaba enamorada de Matías de Óggún, en secreto, y que iría despacito, disfrutando cada momento? Tenía miedo de ser rechazada, ignorada, maltratada, como licenciada de comunicación sabía que se buscaba instalar en la ciudadanía que cualquier religión que no fuera la Católica Apostólica Romana era vista de reojo y si era la de los negros traídos como esclavos de África, peor. Para muchos era un culto a la brujería, al diablo, a los malos hábitos ¿Cómo podía ser mala Oyá al salvarle la vida? ¿Por qué ella sentía tanta paz con Adamaris? ¿Por qué ella había cambiado su concepción de la caridad desde que soñaba con una africana anciana que curaba a todos por igual y que la miraba con dulzura y le decía “Hija mía…”? No, la religión, cualquiera fuese, no era mala; malos eran los hombres que no habían aprendido a respetarla, a usarla para el bien de la Humanidad y no para caprichos mundanos.



MarayMaldon

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En el texto hay: religion, amor, espiritu africano

Editado: 01.06.2019

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