Vida prestada

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12.- Destino

S A V A N N A

 

Introduzco el último pedazo de tortita en mi boca y mastico cogiendo aire por la nariz, totalmente llena. Mason me observa mientras da un trago a su vaso de zumo, ignorando su teléfono móvil al que no paran de llegar nuevos mensajes.

 —Mason, si no respondes, Junior aparecerá por la puerta en cualquier momento —bromeo haciendo que sonría—. En serio, no me molesta.

—Solo será un momento —me explica, disculpándose con la mirada—. No es normal que insista tanto.

—Tranquilo, iré recogiendo todo esto. —Voy a levantarme de la silla, pero él se adelanta y me pide que no me mueva.

Permanezco en silencio picando un pedazo de manzana mientras él habla en la cocina, casi puedo imaginar el humor del que debe estar su asistente.

Es un chico muy atento y caballeroso, en mi comunidad las cosas son tan diferentes… Las mujeres nos encargamos de la cocina, de recoger, limpiar, preparar las ropas… etc., mientras que los hombres trabajan fuera de casa. Mason no tiene pinta de ser así para nada, de hecho, casi no me ha dejado hacer nada. Me cuesta ajustarme a este nuevo modo de vida, pero he de reconocer que me gusta, aunque sigo sin saber muy bien cómo reaccionar en cada situación.

—Ya estoy contigo, discúlpame. —Deja el teléfono sobre la mesa y comienza a apilar los platos vacíos. Vuelvo a hacer un amago de levantarme, pero apoya la mano en mi hombro—. Yo me encargo, si quieres puedes sentarte en el salón. ¿Sabes encender la chimenea?

—Claro, en mi casa siempre me encargaba yo.

—Estupendo.

Atravieso la puerta por la que entramos antes y que recuerdo da al salón, y enseguida encuentro la madera apilada dentro de un cesto de mimbre. No me lleva mucho tiempo conseguir un buen fuego, me apoyo en el suelo para levantarme y no puedo evitar sobresaltarme al verle sentado en el sofá, observándome.

—Cielos —me llevo la mano al pecho—, me has asustado.

—Perdona, estabas muy concentrada.

—Sí. —Sonrío y camino hasta su lado cuando me señala el asiento a su lado.

—¿Te ha gusta la cena desayuno? —se interesa girando hacia mí.

—Ha sido espectacular, gracias. ¿Todo bien con Junior?

—Solo quería asegurarse de que estoy en casa, al parecer se acerca una tormenta y hay aviso de huracán. —Abro los ojos de par en par, asustada—. Tranquila, aquí estás segura —se apresura a añadir al ver mi reacción.

—Las inclemencias atmosféricas son una de las cosas que más miedo me dan. En la comunidad siempre nos veíamos perjudicados cuando caía una tormenta o cosas peores.

—Puedo imaginarlo. —Lleva la mano a mi mejilla y la acaricia suavemente—. ¿Les echas de menos?

—Cada minuto —confieso sin casi darme cuenta—. Especialmente a mis hermanos pequeños… Ellos no entenderán por qué me he ido, y no quiero ni pensar lo que mis padres les habrán dicho. —Siento un dolor en el pecho solo de imaginarlo.

—¿Cuántos hermanos tienes?

—Seis. El más pequeño tiene siete años, se llama Jonas.

Pestañeo repetidamente para despejar el par de lágrimas que se arremolinan en mis ojos, obligándome a sonreír cuando Mason me observa con lástima.

—Lo siento mucho, Savannah. ¿Cómo puedo ayudarte?

—No puedes —me encojo de hombros—, supongo que es el precio a pagar por haberme marchado.

—Si quieres puedo llevarte a verlos, quizá así te sientes mejor.

—Eres un cielo, Mason. De verdad que no esperaba que fuera a conocer a alguien en la ciudad con un corazón tan grande como el tuyo.

—No, no, por favor. —Niega con la cabeza mientras ríe un poco incómodo—. No soy así siempre, debes saberlo.

—Ah, ¿no? —Vuelve a negar—. ¿Y cómo eres? ¿Estás fingiendo conmigo?

—Por supuesto que no. Es solo que en mi vida la gente es muy distinta a ti.

—¿En qué sentido? —Me acomodo un poco más en el sofá, doblando la pierna y quedando frente a él.

—Sav, el mundo de Hollywood es una perla rellena de mierda. —Reprimo una risa por su sinceridad, pero debe de notármelo porque él sonríe—. Suena mal, pero es así.

—Cuéntame cosas sobre tu vida —le pido con verdadera curiosidad.

—¿Qué quieres saber? —Por su expresión, parece que le ha gustado mi interés.

—Bueno, algo que no salga en las revistas y en la televisión.

—Casi todo lo que sale es mentira. Tengo que mostrar ciertas cosas para protegerme a mí mismo, ¿entiendes?

—Más o menos. Ponme un ejemplo.

—Pues, por ejemplo, en tu caso —comienza—, prefiero que la gente piense que eres una chica más, un ligue pasajero, a que sepan que en realidad eres algo más.

Retiro la mirada por lo que me impone la suya tras decirme eso, ambos sonreímos y trago saliva antes de hablar de nuevo.

—¿Por qué lo prefieres?

—Porque si saben que para mí eres algo importante, comenzarán a investigar y a sacar todo lo que puedan. Son expertos en convertir lo más maravilloso, en algo horrible.



Nerea Vara

Editado: 30.11.2018

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