Vidas pasadas.

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II

El viaje fue un poco largo, habrá calculado una hora aproximadamente, no tenía reloj y guiarse por el sol y la luna como la hacían antes se le complicaba, -antes- aunque ahora, para ella, era lastimosamente el presente.

  Llegaron a un castillo enorme, como todos los castillos, seguía sin saber donde estaba, entendía el idioma, pero sabía que no era el suyo natal, ni como tenía esa fluidez para hablar, podría decir que era una ciudad bárbara, o cualquier lado, -si tan solo conociera el maldito idioma- se decía a si misma, pero aprovecharía y le preguntaría al cochero.

-Disculpe, ¿donde estamos?.- pregunto y espero la respuesta que tardaba en llegar.

-Wessex- respondió el cochero, frío y seco.

Una tormenta de sentimientos calleron en su cabeza, se repetía el nombre una y otra vez, estaba, en lo que sería, Inglaterra en la actualidad, había escuchado que la persona que la compro se llamaba Alexander, estaba tan confundida, pero si se dirigía allí, no debería encontrarse con uno de los reyes de Wessex, pero, ese nombre no le sonaba, ninguno se llamaba así, a menos que..

-Señor, ¿quién gobierna las tierras en las que estamos?- pregunto nuevamente al hombre que dirigía el carro.

-Alexander el fuerte, debería saberlo, ya que sera su amo.- no podía creer las cosas que estaba oyendo, ¿todo lo que estudió por dos años era mentira?.

Un pequeño documental que había visto hace años hablaba sobre otras dimensiones, le pareció una opción un poco más lógica, las tierras eran las mismas, pero no sus gobernantes, se sentó mientras sacaba cuentas -una persona normal trataría de escapar ya que es el momento, y tu te pones a pensar en los gobernantes, eres una genio Nuria- se decía con una media sonrisa, si no estaba lejos, estaba cerca de la unificación de Inglaterra, bueno, claro, si eso estaba escrito en esta historia, ¿como hacía una persona para saber la dimensión donde estaba? No recordaba que el documental le diera una lista de opciones para comprobarlo, solo se sentó, miro el techo del carruaje, todo parecía tan normal, en lo que cabía destacar, pequeñas lagrimas rebeldes asomaron por sus ojos, extrañaba lo que conocía, pero un impulso más grande la tentó a quedarse y saber más.

***

Alexander miraba atentamente el paisaje estrellado, se preguntaba si alguna vez alguien las tocaría, parecían tan lejanas, distantes.

-¿Piensas en tu nueva adquisición?- dijo su amigo acercándose con una sonrisa.-pensé que no tenías concubinas.-

-Y nos las tengo, solo me pareció, mi querido amigo, que no sería justo para tal hembra, que ese viejo se la quede.- aunque no solo era él, si hubiese sido su amigo tampoco lo dejaría, tampoco sabría que hacer con ella, pero eso lo pensaría después.

-¿Viste su rapidez y agilidad? Ya quisiera que mis hombres sean así.- decía su amigo sorprendido, como para no, había dado un espectáculo impresionante, con sus movimientos de pelea pudo tumbar dos hombres.

-Sus hombres se sentirían ofendidos si ella les enseñaría a pegar- pensó junto con una risa burlona, aunque hasta mañana a la mañana no llegaba, iría pensando en que hacer, comprar gente era algo nuevo para él.

***

   Tardo una hora mas hasta pasar el enorme portón y poder apreciar mejor ese palacio, le encantaría tener una cámara de fotos -deja de pensar en idioteces- su cabeza estaba funcionando mas de lo normal, no paraba de sacar cuentas, de repasar todos los nombres y sucesos históricos antes y durante donde estaba, pero nada, cuando bajo del carruaje y pisó el suelo gélido, un escalofrío le recorrió desde los pies a la nuca y siguió al cochero, todos la miraban con una mirada un tanto... lujuriosa, entendió que seguramente se debía a que nada cubría sus piernas, pero como nadie se le acercaba, decidió agachar la vista y seguir al hombre.

Cuando entro, la embriagó un olor tan a particular, no era mugre, polvo, suciedad, falta de higiene, era algo contrario, pero extraño, la vista la dejo maravillada. Era mejor que los libros, el techo de piedra, alto, tenía unos candelabros de metal enormes que iluminaban toda la sala principal con suelos de piedra, que mantenían impecables, pensó en el trabajo que debía ser mantener semejante lugar y en tan buenas condiciones.

Siguió caminado y subió unas escaleras anchas hasta el segundo piso, repleto de pasillos de piedra, con antorchas a los costados y algunas mesas con candelabros, sintió ganas de empezar a tocar todo como una niña curiosa.

Había algunas columnas de mármol, siguió por uno de los pasillos hasta llegar a una puerta, la llave para la cerradura era enorme, pero eso dejo de importar al ver la habitación, tenía un poco de olor a encierro, pero también era impresionante, el hombre la hizo entrar y luego se fue, cerrando la puerta detrás de él.



Mina Aquino

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En el texto hay: historia

Editado: 31.03.2019

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