Volviendo a amar

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Ignorar sentimientos

"No hay peor ignorante que aquel que no sigue las señales de alerta que recibe por parte de sus sentimientos" ̶SNBrito.

09 de enero de 2013

Un pitido.

Dos pitidos.

Tres...

Cuatro...

Cinco...

Me siento agonizar mientras los escucho, la cabeza me palpita sin parar. Duele sostener su mano, duele verlo de esta manera. Duele sentir cada repiqueteo contra mis sentidos auditivos.

La piel se me eriza cuando el sonido se vuelve único, resonando en toda la estancia. El corazón se me parte en dos, la respiración se me entrecorta, mis sienes palpitan y las lágrimas comienzan a bajar por mis mejillas de forma descontrolada. Un sollozo ahogado me asalta y me dejo caer al lado de la camilla, deshecha.

La desolación y el dolor me golpean cuando me doy cuenta de que mi padre acaba de irse, de que me ha dejado con los mejores recuerdos de mi vida, pero yo no quiero creerlo. No quiero aceptar que papá ya no estará más en mi vida.

Supongo que el sonido es tan fuerte que hace que una de las enfermeras entre en la estancia y me aleje del cuerpo sin vida de mi padre, sin embargo, no quiero. Mamá me dijo que no lo dejara solo ni por un segundo mientras ella iba a hablar con el doctor, si viene y se da cuenta de que me han echado de la habitación va a echarme la culpa por dejarlo ir sin que se despidiera de ella y no quiero.

No quiero...

—¡Papá! No te vayas, papá —me escucho decir entre lágrimas, forcejeando para que no me alejen de él —. ¡Déjeme, es mi padre, quiero estar con él, tiene que hacer algo, hágalo volver! —Exclamo, entonces, la mujer deja que me zarandee todas las veces que deseo, no sin antes hablar.

—No se puede hacer nada, señorita. Su padre se ha ido —y sin más, me suelta, caminando hacia donde están los demás enfermeros, para cubrir el cuerpo y quitar todas las cosas que él tenía conectadas.

A pesar de que estoy llorando, lo único que puedo sentir es ese silencio ensordecedor que está entumeciendo mis sentidos. No logro pensar en nada más que ese sonido que me grita una y otra vez que ya no volveré a verlo, que no va a ayudarme a dejar mi miedo por algunas cosas, que no volverá a decirme que soy su estrella favorita, porque ahora él es la mía. Mi padre se ha ido al cielo sin haberme enseñado algunas cosas y eso me está partiendo el corazón.

Mis sollozos se vuelven nada mientras salgo de la habitación con el alma hecha pedazos. Sorbo mi nariz caminando con lentitud, tratando de ir en busca de mi madre. Quedo frente al ascensor y cuando estoy a punto de presionar el botón, las puertas de éste se abren, cosa que me hace levantar la vista y la veo. Su rostro está pálido, bajo sus ojos hay unas bolsas oscuras que me dejan saber que la ha estado pasando muy mal desde que un hombre confundió a mi padre con el amante de su esposa y lo hirió de gravedad dejándolo en un coma que terminó llevando su vida.

Sé que intenta ser fuerte y más ahora que quiere despedirse de él, porque sabe que ya no volverá a nuestras vidas, pero ella no sabe que ya no podrá sonreírle como quería hacerlo, tampoco darle el beso de despedida ni decirle cuánto lo ama, porque él ya se ha ido... Su vista recae en la maraña de cabello marrón en la que estoy convertida mientras las lágrimas saladas aun mojan mis mejillas.

Entonces, frunce el ceño, inclinándose hacia mí.

—¿Qué sucede? ¿Por qué no estás en la habitación? ¿Cómo está, Zac? —Pregunta. Suele llamarlo por su nombre o decirme "¿Cómo está tu papá?" "¿Dónde está él?". Me quedo en silencio y sólo la observo a sus ojos azules. ¿Qué le digo? ¿Cómo le hago saber que papá murió? —. ¿Zara?, háblame, dime cómo está tu padre —incita, inquieta.

—Él... ya no está, mamá. Lo siento —respondo al fin con el molesto nudo en la garganta.

—¿Qué? —Demanda, mirándome con asombro —. No, Zara, estás equivocada, él debe seguir con nosotras, tiene que seguir luchando. Aún no se puede morir, aún no —solloza, cayendo contra el suelo a mi lado. Y en estos momentos me arrepiento de haberlo dicho, de haber emitido palabra. Mi mamá está rota por mi culpa porque yo se lo dije...
 

10 de enero de 2013

Esa noche no logré dormir. Estuve llorando desde que sacaron el cuerpo de mi padre. Mi madre se quedó media hora en la habitación llorando junto al cuerpo de papá, todavía sin poder asimilar que ya no estaría con nosotros. Por mi parte, me había quedado ocupando un asiento fuera de la habitación, tratando de comprender por qué estaba pasándonos eso justo en ese momento en que las cosas iban tan bien. Estaba enojada con la persona que nos lo había arrebatado, no comprendía por qué quitarle la vida a alguien que no tenía la culpa de su desgracia. Él simplemente estaba allí, buscando una pertenencia que había olvidado en un lugar destinado para alguien más.

Cuando volví a casa con mamá, llamé a Greena, mi mejor amiga y a Mario, mi novio, para que vinieran, pero ambos me dijeron que tratarían de pasar más tarde, si podían, ya que ambos estaban ocupados en diferentes cosas.

Vi cómo las horas pasaban y ninguno se dignó a venir a casa tan solo un momento; intenté tomar el celular para llamar a alguien más, no obstante, estaba segura de que iba a recibir la misma respuesta que me dieron las personas en las que más confiaba, así que decidí no gastar mi tiempo y quedarme sola.

Ahora, acostada con los pies sobre la pared, miro las estrellas brillantes que mi padre pegó en la pared mientras las lágrimas siguen bajando por mis mejillas. Siento la garganta seca y suelto un suspiro. Son las cuatro de la madrugada y no he podido dormir. Hoy es el funeral, me debo encargar de muchas cosas pero no logro pegar un ojo.

Me pongo de pie y bajo para ir a la cocina. Nuestra casa es bastante grande, mi padre luchó mucho para obtenerla y ahora que no está, se siente tan vacía. Ya no es lo mismo.



Sarah Brito

Editado: 24.10.2019

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