Volviendo a amar

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¿Quién es Rebecca, entonces? Nunca me la has presentado.

“No te estanques ante las dificultades, quién sabe si ir contra la corriente es la cura para la enfermedad” –SNBrito.

—Lo importante es que estás bien, ¿no? Ya no pienses más en eso. No te tortures —habla Cristián, recostada de uno de los casilleros. Los chicos se mueven de un lado a otro haciendo que el ruido del pasillo incremente al hablar o vociferar.

—¿No quieres que piense en que me estoy muriendo? Estoy cansada de todo esto —mascullo, cansada, poniéndome en la misma posición —. ¿Quién me asegura que después de la operación voy a estar cien por ciento bien? Creo que ni siquiera los medicamentos me están funcionando —la veo mirarme de manera molesta.

—Deja de decir esas cosas, Zara. Estarás bien después de la operación, nada va a poder detenerte —incita, dándome una sonrisa antes de ir a clases.


Estoy caminando a clases de Educación física mientras pienso en todas las posibilidades de que me desmaye por tercera vez practicando algún ejercicio que el profesor ponga. Admito que hasta ahora me he sentido bien, el fin de semana nada malo ocurrió, aunque sí he estado evitando el contacto con mi hermano.

Desde lo que sucedió en el Karaoke las cosas no han estado bien entre nosotros y ninguno se ha tomado el momento para hablar. Por ahora, no importa tanto; Daniel tiene conocimiento de sus acciones y yo no debo meterme en su cabeza ni en su vida para convencerlo de hacer algo que quizás no quiere hacer.

Estoy llegando al lugar que me corresponde, cuando siento que alguien corre en mi dirección, a la vez que llama mi nombre.

Pensando en el Rey de Roma...

—Detente —murmura, más cerca, aunque no paro mi caminar.

—Voy tarde —emito, dándole una mirada momentánea. Sus manos se posan en mis hombros de manera brusca, deteniéndome —. ¿¡Qué es lo que te sucede!? —Vocifero y creo que estoy llamando la atención de los demás.

—¿Puedes calmarte? —Sonrío con burla, cruzando mis brazos.

—Daniel, ¿tú, en serio, estás pidiéndome que me calme? —Sonsaco, con la mirada fija en él.

—Estás alterada.

—No hago nada que tú no hayas hecho antes —mascullo. Suelta un suspiro.

—Solo vine para disculparme. Fue un momento muy vergonzoso —bajo la guardia, sin apartar la mirada. Puede que haya algo que me esté ocultando, así que es buen momento para preguntar.

—¿Eres gay? —Mi hermano me observa con los ojos agrandado, como si hubiese dicho algo malo —. ¿Qué? Es solo una pregunta —justifico.

—Te estoy pidiendo disculpas y me saltas con eso —habla —. Creo que serías la primera en darte cuenta si soy gay o no —frunzo el ceño.

—¿Quién es Rebecca, entonces? Nunca me la has presentado.

Daniel me mira frustrado. Creo que ya se va.

—Será mejor que me vaya...

—Espera —levanto la mano para detenerlo —. Si Rebecca no es una persona, entonces debe ser un objeto —lo miro con algo de confusión —. ¿Tienes un juguete sexual que se llama Rebecca? —Inquiero, pero él no dice nada, simplemente sale corriendo de mi vista, a la vez que trata de no sonreír.

Wow.

La clase termina y afortunadamente, nada sucedió con los ejercicios impuestos por el profesor. Ahora que estoy en el vestidor, un cansancio me azota el cuerpo, aunque supongo que es algo normal en mi proceso.

Tomo asiento en una de las bancas del lugar, bajando la cabeza.

—¿Estás bien? —Cristián aparece frente a mí, observándome preocupada. A pesar de que no compartimos ciertas clases, siempre ha sabido encontrar mi paradero.

—No —musito —. Supongo que ahora es el momento en que mi cuerpo se desquita por los movimientos bruscos —continúo. En eso, su mano se posa sobre mi frente, pero la aparta de manera rápida.

—¿No sientes nada? ¡Estás ardiendo en fiebre! —Exclama —. Vamos a la enfermería, esto no debe seguir así —masculla, ayudándome para que me ponga de pie.

—Solo siento algo de frío —murmuro, en el trayecto. Escucho que hace un sonido de afirmación, pero no vuelve a hablar hasta que llegamos al sitio pautado y le cuenta a la enfermera la situación.

La mujer me da una pastilla. Claro, no sin antes pedirme que me quede sentada por al menos una hora en la estancia, esperando que se cumpla el efecto. Cuando se cumple y nota que no es algo grave, ella me despacha.

Para cuando las clases terminan, lo único que hago es dirigirme al estacionamiento donde mi hermano me espera. No quiero hablar mucho, me he sentido demasiado mal después de que la fiebre abandonó mi cuerpo y lo único que deseo es llegar a casa para dormir... O tal vez para vomitar todo lo que tengo en mo sistema.

En el trayecto mi teléfono marca un mensaje, así que me apresuro a mirar de quién se trata. Suelto un suspiro al ver que es de Arthur. Desde que se dio cuenta he tratado de ignorarlo. No merece saber más, no quiero exponerlo ni que se preocupe más de la cuenta, mucho menos que cuente los días para la intervención, solo quiero que se quede con la idea de que no es nada grave y que los efectos secundarios de lo que sea que me estoy tomando, van a durar poco.



Sarah Brito

Editado: 24.10.2019

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