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0000. El parque de las mil hojas

Los árboles mostraban sus ramas desnudas mientras Victoria y Joel daban un paseo que los había sacado, respectivamente, de la cafetería y la biblioteca que habitualmente frecuentaban.

La universidad había sido edificada en zona boscosa, lo cual había hecho lógico e inevitable que ésta estuviese regada por diferentes parques aquí y allá entre las facultades.

Uno de ellos era el parque de las mil hojas.

Llevaba ese nombre por la abrumadora cantidad de ellas que dotaban al otoño de algo casi orgásmico para aquellos alumnos aficionados a la fotografía.

En la estación invernal que les ocupaba también atesoraba mucho encanto.

Eso andaba pensando Joel cuando sintió una ligera presión en la mano que Victoria mantenía cogida. Cubiertas por finos guantes de lana, las manos de la pareja no habían parado de transmitirse calor desde hacía ya un buen rato.

Cuando se giró a contemplar a su amada, Joel sonrió una vez más ante lo simpático del gorro, también de lana y del cual colgaban dos trencitas.

—¿De qué te ríes? — Victoria no podía contener tampoco la diversión de verle a él tan divertido.

—Eso solo… Que pareces una vikinga.

Poco después las cosquillas que Victoria trató de infligir a Joel los condujeron a ambos al suelo, donde tras algunas volteretas como dos pequeños felinos jugando, terminaron con Joel embobado con la espalda en la hierba y Victoria encima de él mirándole fijamente, con los ojos muy abiertos.

—Pero que guapa eres… — La voz de Joel vino acompañada de una serie de caricias que provocaron un estremecimiento en la joven.

Mientras ambos se sumían en un beso de esos que no encuentran fácilmente un final, la jornada siguió transcurriendo.

Los días fríos parecían haber encontrado una severa cúspide en las semanas anteriores, de modo que el invierno se hallaba en ese punto de no retorno en el que las temperaturas comienzan a ascender y el susurro de una explosión de vida pasa de ser inaudible a gozar de la estructura de un pequeño rumor.

Un rumor como el que manaba del riachuelo que, cerca de la pareja fundida aún en el beso, fluía surcando los diferentes edificios de la universidad.

En su centro había una estructura de madera, que se erguía desde el agua en la zona donde ésta tomaba la forma de un pequeño lago.

Cuando Joel detuvo el movimiento delicado y constante de su lengua, necesitó unos segundos para terminar de contemplar aquél rostro del que tanto odiaba despegarse.

—¿Me acompañas? — Lo dijo con un hilillo de voz rota que, de nuevo, originó una carcajada por parte de Victoria. Cuando reía de forma sincera y profunda, como en aquella ocasión, lo hacía con un tono grave que rápidamente se contagiaba a Joel.

De modo que, pareciendo la típica pareja de enamorados que ríe por cualquier cosa, tomaron el rumbo que él estableció, y que les condujo en unos pocos pasos a la balsa flotante en cuyo centro un banco vacío les invitaba a tomar asiento.

Cuando lo alcanzaron, Joel, algo nervioso y visiblemente tembloroso, extrajo algo de uno de los compartimentos de su maletín con usos de mochila.

—¿Qué traes ahí? — Victoria se llevó un dedo a la comisura de los labios, que mordisqueó divertida.

—Esto… Es para ti.

Se trataba de un regalo, a juzgar por el elaborado envoltorio que lo recubría.

Un papel azul claro como el cielo al alba, el color preferido de Donna, se mostraba revestido con una cinta elegante de color naranja pastel, anudada con mimo a su alrededor.

Una pinza diminuta con un pequeño roedor por adorno fijaba el conjunto a modo de guinda al pastel.

A esas alturas Victoria y Joel ya disponían de varios motes para provocarse entre ellos de modo simpático, y lo cierto era que él había dado en el clavo desde el principio llamándola hamstercillo.

Eso era algo que apenas la molestaba, pero era tan divertido fingir una gran indignación que nunca se resistía a poner su cara de molestia más característica, lo que provocaba que Joel se llevase las manos al rostro en señal de pánico para luego besuquearla sin parar como un perro travieso.

—Ya… ya… ¡Suficiente! — Apartándolo como bien pudo, Victoria procedió a abrir con cuidado aquel obsequio.

Cuando adivinó la pequeña libreta que contenía, alzó la vista con el rostro iluminado por la luz de un sol que se ponía en la culminación de aquel atardecer.



Donna Aprile, JoelHiro

Editado: 19.03.2019

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