Y ahora ¿qué hago? #1

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17*** El viejo acosador que espía por mi ventana.

Desde aproximadamente dos semanas atrás, la vida de Jessica se había convertido en una rutina constante. Se levantaba en las mañanas deseando poder dormir un poco más, iba al trabajo de mala gana; tras haber superado su obsesión por los lácteos, comía todo lo que podía en el almuerzo, se tomaba tres chocolates en la cafetería del frente, iba al parque por la noche, se iba a la cama con comida escondida para poder "picar" mientras se dormía y, por último, se levantaba a media madrugada en busca de algo más que comer, como si todo lo que había comido durante el día no fuera suficiente.

Justo en esas estaba aquel día. Hacía unos seis minutos que había despertado un poco inquieta. No necesitaba hacer un análisis profundo para saber que estaba hambrienta. Le pasaba cada noche y aún no se acostumbraba a tener que pararse se la cama e ir en busca de algo que comer.

Aun así, era necesario recordar que no estaba en su casa; estaba en casa de Brett y debía respetar eso, no podía simplemente ir y asaltar su cocina. No quería que él pensara que era una bestia tragona, pero el recuerdo de dos pedazos de pizza que habían quedado en el refrigerador la torturaban.

Resignada se levantó de la cama. Como cada cosa que hacía, marcharse de su casa en medio de un ataque de rabia había sido tan estúpido y precipitado que ni siquiera se había tomado el tiempo de tomar en cuenta puntos prácticos, como que solo llevaba puesta la ropa de trabajo que la acompañaba desde las ocho de la mañana. En vista de eso, en ese momento estaba vistiendo una muy fea pijama perteneciente a Brett. El momento en el que había tenido que ponerse la ropa de Brett había desplazado sin lugar a dudas su episodio con Kurt Dalton o el traumático momento con la doctora Rodes. Ahora este era su momento más vergonzoso y ni siquiera sabía por qué.

Su teléfono estaba apagado sobre la mesa de noche. Sabía que cuando lo encendiera tendría decenas de llamadas de Jason, porque la noche anterior no había llamado como había prometido hacerlo, sino que había enviado un mensaje de texto. Lo había hecho porque sabía que no podría decirle que estaba quedándose en la casa de Brett sin que enloqueciera, pero tampoco podría mentirle, porque todos sabían cómo terminaría. Jason siempre descubría sus mentiras. No le había quedado más alternativa que enviarle un mensaje diciéndole que había encontrado un bonito hotel a las afueras de la ciudad y que le avisaría cuando decidiera que hacer.

Tal vez si hubiera tenido una adolescencia más activa y hubiera desarrollado su habilidad para mentir, en ese momento podría estar jugando con su mascota virtual, pero en cambio estaba ocultándose de su hermano y sin poder usar su teléfono al menos hasta que ideara una buena mentira y la practicara dos o tres horas, hasta que le pareciera verdad.

Se agarró las perneras de los pantalones de pijama para no caerse con ellos y salió de la habitación. De camino a la cocina pensó en las ventajas de ser rico. De su habitación hasta el salón había contado al menos tres luces encendidas. Si a ella, en su casa se le ocurría dejar una luz encendida toda la noche, su madre le haría pagar la factura eléctrica por tres meses seguidos.

Se imaginaba que a Brett no le importaba porque de todas formas él tenía que pagar su factura todos los meses. Además, para ser sincera, no se imaginaba a Brett siendo "castigado", como él mismo había dicho, era una oveja descarriada y a las ovejas descarriadas no las castigaban. Eran malas y ya. Tal vez esa era la razón por la cual andaba por ahí embarazado a estúpidas como ella aun cuando estaba comprometido con una preciosa mujer que, evidentemente, lo amaba muchísimo.

Se dijo a sí misma que si no dejaba de pensar aquellas cosas entonces terminaría metiéndose en la habitación de Brett a hurtadillas y arrancándole un brazo por el coraje, aunque, pensándolo bien, él no le había dicho siquiera cuál era su habitación. Ella había estado tan cansada y tan harta de todo que no se había percatado de que él no había usado los comunes códigos de cortesía de mostrarle la casa, su habitación y ponerse a la orden. Pero ¿Por qué le sorprendía? Brett nunca había sido cortés, que se riera o hiciera algunas bromas de mal gusto no le convertía en una persona diferente. Ella no lo conocía, eso era todo.

Jessica intuía que su habitación era la primera que había pasado en aquel larguísimo pasillo, por dos simples razones: 1 - Era la primera habitación del pasillo, y dado que vivía sólo allí eso era lo más lógico y 2- era la que más alejada estaba de la que ella misma ocupaba. Había exactamente cinco puertas entre una y otra. Ponerla lo más lejos posible sonaba como algo que Brett haría.

Continuó caminando en silencio hasta la cocina, prefería que él no supiera que había andado por su casa royendo a media noche, como las ratas. La luz de la cocina también estaba encendida, agradeció al cielo por eso. No se imaginaba intentándolo a oscuras, con su suerte primero rompería dos lámparas, media docena de fotos y una vajilla completa antes de encontrar el interruptor.



Chris Urbano

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En el texto hay: adolescente, jefa y empleado, embarazo

Editado: 02.05.2019

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