Y ahora ¿qué más? #3

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13*** Todo lo que jamás lograría ser.

Jess intentó no correr mientras se dirigía hasta su auto con Bree en brazos. No quería llegar tarde a su primer día de trabajo y para eso debía apresurarse, sus cálculos para aquel día no habían sido correctos y ahora debía correr hasta la casa de su madre para dejar a Bree si quería llegar al trabajo a las nueve en punto. 

Había sido imposible encontrar una guardería, así que su madre había sido su única opción. No había sido una sorpresa que esta aceptara sin pensárselo dos veces, pero aun así Jess no pudo evitar preguntarse si su madre no quería hacer algo con su nueva vida de madre liberada. 

Se metió al auto tras dejar a Bree en su sillita. La pequeña estaba despierta, pero al menos parecía de buen humor y eso era algo que Jess debía agradecer porque no se imaginaba ir retrasada y excediendo el límite de velocidad mientras su hija iba chillando en el asiento trasero. Daría todas las señales de alarma de haberse robado un bebé. 

Por alguna razón, a mitad del camino, sus ojos puestos en el espejo retrovisor se fijaron en un auto dorado que iba a la distancia de dos coches tras ella. Obviamente había muchos autos dorados en el mundo, pero ella tuvo la sensación de haber visto antes ese auto en particular. Fue una tontería, pero igual Jess no pudo evitar el escalofrío que la recorrió. 

Intentó olvidarse del auto dorado y concentrarse en llegar a casa de su madre, y sintió un alivio enorme cuando, algunas esquinas después el auto dorado dobló en una intersección y no lo vio más. 

Al llegar a casa de su madre sonrió al ver que algunas costumbres te acompañaban para siempre. Tan pronto como aparcó y antes de que lograra sacar a Bree del auto, ya su madre se encontraba en la puerta, como si hubiera estado esperando detrás de la ventana. A ella le causó gracia verla. 

—Hola Jessy —la saludó, aunque su mirada y su sonrisa iban dirigidos a Bree. 

—Hola mamá —respondió, dejándola tomar a Bree de sus brazos. 

—¿Quieres comer algo antes de marcharte? Seguro no has desayunado nada... 

—La siento mamá, es tarde —se excusó, besando la frente de Bree que parecía no importarle que estuviera a punto de irse—. ¿Crees que me extrañe? 

—Desde luego que lo hará. Ahora, si es que estás tan tarde, debes marcharte. —dijo su madre tomando la pañalera y empujándola sutilmente hasta la salida. 

—Llámame si pasa algo. 

—Nada va a suceder, Jessy. 

—Pórtate bien, Bree... 

—Bree es una buena niña, la pasaremos bien —la interrumpió su madre—. Ahora largo, te veremos a las seis. 

A duras penas, Jessy se despidió de ambas y se metió al auto antes de perder más tiempo. Condujo con prisa, manteniéndose peligrosamente al filo de lo que era legal, para evitar llegar tarde a su primer día de trabajo, pero sin lograr una multa; y debía haberse vuelto loca, porque por un momento le pareció haber visto el auto dorado de unos minutos atrás, pero luego ya no estaba. Jess redujo la velocidad, pero no había ningún auto dorado, lo cual la hizo pensar que estaba enloqueciendo. 

Retomó la velocidad y saco de su mente ese auto dorado misterioso. Era su primer día en TH & Asociados y no quería tener la mente ocupada con teorías de conspiración y un misterioso auto mágico que aparecía y desaparecía en medio de la avenida. 

Para su fortuna, el haber violado al menos media docena de leyes de tránsito había rendido sus frutos, porque llegó al aparcamiento de su nuevo empleo faltando cinco minutos para las mueve de la mañana. Odiaba los aparcamientos subterráneos, les tenía pavor, pero estaba segura de que lo superaría.  

Salió del auto tras confirmar que seguía luciendo como una persona competente y no como una loca recién salida del manicomio. Se retocó el brillo de labios y se arregló el pelo antes de meterse al ascensor con dos personas más. 

Se sentía un poco nerviosa, pero intentó respirar profundo y repetirse que no era su primera vez haciendo aquello. Lo lograría sin ningún problema. 

Al salir del ascensor en el piso diez, se encontró con una chica en recepción que le sonrió. Antes de que pudiera presentarse, la chica habló. 

—¿Jessica Davis? —Jess asintió —Dan te espera en la oficina, al fondo por ese pasillo— dijo con amabilidad. 

Ella sonrió en respuesta, agradeciendo que le hubiera el tener que hablar en aquel momento en que seguro su voz temblaría. Caminó por donde la chica le había indicado. Encontrar a Dan no le resultó muy difícil, en primer lugar, porque ya lo había conocido en la entrevista, en segundo lugar, porque estaba en la misma oficina en que la que lo había visto una semana atrás. 

Él parecía estar concentrado en unos papeles sobre su escritorio y a Jess le sorprendió descubrir que había otro escritorio en un extremo de la oficina. 



Chris Urbano

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En el texto hay: peligro, bebe, madre

Editado: 24.04.2018

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