Y ahora ¿qué más? #3

Tamaño de fuente: - +

23*** Papi es un genio.

Otro agotador día de trabajo al fin había terminado. Jess sonrió mientras echaba otro vistazo a su celular antes de ponerlo dentro de su bolso. Últimamente las jornadas laborales se estaban volviendo largas y tediosas, pero cuando terminaban entonces Jessica se permitía sentirse libre y sonreír abiertamente. 

—¿No bajas, Dan? —le preguntó al chico, que permanecía en su escritorio. 

Él negó con la cabeza y sonrió. 

—No aún. Me quedan algunas cosas por hacer aquí. 

—¿Necesitas ayuda? —cuestionó y se forzó a lucir calmada, porque en realidad lo único que quería era salir de allí. 

La única razón por la que había hecho la pregunta era porque le daba un poco de pena que casi cada día Dan saliera de la oficina más tarde de lo que debía. Lo bueno era que a él no parecía importarle demasiado. 

—No, tu tranquila. Ve a casa, yo me encargo. 

Jessica sonrió y supo que no había hecho un buen trabajo ocultando su alivio por la risa de Dan. Antes de que él pudiera arrepentirse tomó su bolso, se despidió con la mano y salió de la oficina. 

En los setenta y dos pasos que había hasta el ascensor –lo supo porque los contó- Jess se fijó en que ya no quedaba casi nada en las oficinas, si acaso dos o tres personas y como siempre, Connor Thomas, que parecía ser siempre el primero en llegar y el ultimo en marcharse. Jessica no solía verlo con mucha frecuencia. El hombre era agradable, pero ella prefería dejar a Dan hacerse cargo de todo lo que tenía que ver con el jefe y ella no tenía problemas en encargarse de lo demás. 

Como en raras ocasiones, entró sola al ascensor, presionó el botón con la B y respiró profundo. No les temía a los ascensores, pero si a los parqueos subterráneos. Bueno... no les temía, pero tampoco se sentía cómoda en ellos. Con el tiempo que llevaba allí, creía haberlo superado, pero en realidad casi nunca bajaba sola, por lo general con Dan, así que no había tenido oportunidad de probarse. 

Como siempre el lugar estaba oscuro y aunque había un montón de autos allí, no había ni un alma. Nadie a punto de marcharse del trabajo, nadie solo pasando por ahí... Nada. Solo ella caminando por un oscuro aparcamiento subterráneo con una habilidad excepcional para hacer que el repiqueteo de sus tacones resultara terrorífico. 

¡Demonios! ¿Por qué tenía que haber visto esa película de terror a los quince? Porque no había que ser muy inteligente para saber que, si una anciana gitana podía aparecer en un aparcamiento a la salida del trabajo para golpearte y maldecirte, entonces cualquier cosa podía suceder en aquellos lugares. 

Caminó tan rápido como pudo hacerlo sin correr hasta su auto, su mente comenzaba a jugarle una mala pasada y la hacía sentirse observada, y aunque Jess sabía que todo estaba en su cabeza, cuando estuvo dentro del auto con las puertas trabadas, se dio cuenta de que su corazón latía acelerado, así que ocupó algunos minutos en recuperar la calma. 

Cuando al fin logró calmarse lo suficiente como para lograr meter la llave en el contacto, encendió el auto y salió de aquel lugar que parecía más una mazmorra que otra cosa, no sin antes echar un último vistazo desde el espejo retrovisor. 

 

 

Jessica arrugó el entrecejo cuando su padre le abrió la puerta y escuchó a Bree llorar. Aunque el rostro de su padre le decía que nada realmente malo estaba pasando, su ceño continuó fruncido. 

—¿Qué le pasa a Bree? 

—Al pareces Jason no le agrada, pero él insiste en cargarla —indicó—. Apuesta a que se rendirá a su dulzura, yo creo que él se rendirá a sus gritos. 

Jess sonrió. Su hermano llevaba varios meses intentando obtener un poco de amor por parte de Bree, pero ella no parecía dispuesta a ponérselo fácil, lo cual era gracioso porque Bree era bastante dócil con todos. Con todos, menos con Jason. 

Justo como le había dicho su padre, Jason estaba en el salón con Bree en brazos quien lloraba inquieta, Jess se acercó hasta él y le quitó a la niña. 

—Deja de torturan a mi hija, Jason. 

—¡Oye! Soy el tío que toda bebé quisiera tener —se quejó— ¿Por qué Penny la hace reír y yo no? 

—Tal vez porque Penny no es... Bueno, no lo sé, pero supéralo —se burló. 

El rostro de su hermano dejó entrever una sonrisa, aunque él intentó contenerla. 

—Ustedes se lo pierden —repuso, encogiéndose de hombros. 

—Sí, mi hija y yo nos vamos a casa donde no haya dementes que no entiendan el rechazo. ¿Verdad, Bree? 

La pequeña hizo un extraño sonido inteligible antes de meterse el puño en la boca. 

=Voy a tomar eso como un si —bromeó—. Los veré a todos mañana, menos a ti, Jason. Deja de acosar a mi hija. 



Chris Urbano

#138 en Novela romántica
#138 en Chick lit
#48 en Otros
#48 en Humor

En el texto hay: peligro, bebe, madre

Editado: 24.04.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar