Y Llegaste Tú

Tamaño de fuente: - +

CAPITULO 14. ”OJOS VERDES”

La alarma del celular de Liz sonó, y de mala gana la pelinegra abrió los ojos. Con pesar suspiro y se dio una vuelta mientras que su felina acompañante maullaba con descontento.

—Disculpa Mila, se me había olvidado que estabas ahí—dijo la muchacha.

Mila dirigió sus felinos ojos hacia Liz, y como si se sintiera indignada, de un salto dejo la cama.

Los recuerdos del día anterior y de su madre invadieron la mente de la joven. Su madre de verdad había venido a buscarla ¿Qué quería después de tantos años? Esa era única pregunta que daba vueltas por su cabeza.

La madre de Liz, Rose, desapareció hace seis años sin decir nada, no se despidió o dejo alguna nota. La pelinegra nunca supo que ocurrió con ella ya que ni siquiera se animó a contactarla, y ahora no conocía cuáles eran las verdaderas intenciones de su madre.

Liz era consciente de que aquella forma de pensar era cruel, ya que después de todo era su madre, pero sabía que Rose era una persona con muchas sorpresas, y de seguro ella tenía  un motivo oculto para presentarse frente a ella.

Deja de freírte los sesos, solo conseguirás deprimirte. Se dijo internamente.

Después de algunos minutos más en la cama, Liz decidió que era hora de levantarse.

Con calma se levantó y se dirigió al baño para darse una ducha, eso era lo mejor para despejar los malos pensamientos.

Al salir de la ducha veinte minutos después, aun con la toalla envuelta en su cuerpo se dirigió a la cocina. Las ventajas de vivir sola eran que si quería, se paseaba solo en ropa interior.

Sin muchos deseos de comer, la muchacha se preparó el desayuno.
En realidad la pelinegra no tenía hambre, pero Maggie le había hecho prometer que comería como era debido, más el sonido del timbre interrumpió su quehacer, sobresaltándola un poco.

¿Podría ser Maggie? Pensó la muchacha mientras se dirigía hacia la puerta. Después de todo, la rubia siempre se presentaba en casa de Liz cuando se le antojaba.

Cuando la muchacha abrió la puerta y pudo ver quien era el visitante, los colores se le subieron al rostro. Gabriel estaba frente a ella con los ojos muy abiertos.

Gabriel ya era consciente de que Liz poseía una sensualidad natural, pero al tenerla frente a él con solo una toalla alrededor se su diminuto cuerpo no le quedó duda. ¿Cómo podía ser tan caliente sin darse cuenta de ello?

Si no cambias esa expresión de baboso, definitivamente habrá quedado atrás ese Gabriel que conocías. Le dijo una voz en su cabeza.

Liz trago saliva parpadeo un par de veces para reponerse a la repentina vista que tenía. Aun con el rostro sonrojado, se llevó una mano para asegurarse de que la toalla aún estaba en su sitio.

Cuando comprobó que estaba bien sujeta se hizo a un lado y con la mano libre, le hizo un gesto a Gabriel, invitándolo a pasar.

Gabriel se adentró en la casa y se quedó de pie en la entrada, debido a la situación no sabía qué hacer.

—Espera un momento—dijo la pelinegra—, iré a cambiarme.

Gabriel asintió con la cabeza mientras Liz se daba la vuelta para desaparecer en su habitación.

Gabriel trago saliva y se pasó una mano por su pelo para dejar escapar un pesado suspiro. El de verdad necesitaba de todo su autocontrol para no seguir a la joven hasta su habitación. Si ella supiera todo lo que pasaba por su mente en ese instante, la muchacha saldría corriendo. Una sonrisa pesada se formó en sus perfectos labios. El de verdad estaba comenzando a perder la cabeza.

Luego de unos minutos Liz apareció con ropa deportiva que consistía en unos shorts  La joven vestía unos shorts deportivos de color negro y una playera que parecía tres tallas más grande. Cuando Gabriel la vio pensó dos cosas; la primera, que ella de verdad podía verse bien con lo que fuera. Y lo segundo, ¿de verdad ella no tenía más ropa? Las veces que la había visto, ella siempre estaba usando ropa deportiva.

Él no estaba en contra de la ropa deportiva, pero creía que Liz era muy hermosa y merecía llevar ropa que le favoreciera.

— ¿Estas bien?— pregunto Liz con una ceja alzada.

Gabriel sonrió de medio lado mientras ella se tomaba el cabello y lo ataba en una coleta.

—Espero que no te ofenda lo que voy a preguntar—dijo Gabriel un poco avergonzado—, pero de verdad tengo curiosidad. ¿Por qué no vistes mejor? Me refiero. Siempre te veo con ropa deportiva.

Liz dejo escapar una sonora carcajada al ver lo incomodo que parecía Gabriel.



Lina Shuls

#702 en Novela romántica
#189 en Chick lit

En el texto hay: romance, amistad, reencuentrosdelavida

Editado: 21.10.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar