Zafiro

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Prólogo:

Dolor, siento mucho dolor; como uno de aquellos que te hace parar la respiración hasta el punto de cortarte el aliento.

Rabia, también siento rabia; parecida a una llamarada desbordante, tanto, que puede quemar y no dejar ni siquiera las cenizas a su paso.

Angustia, la siento en el medio de mi pecho; como aquella sensación de intranquilidad que te causa la amenaza de algo peligrosamente desconocido.

Coraje, la siento como corre por mis manos; como si fuera mi misma sangre. Es como la pasión, intensa y sin freno alguno.

Siento todo eso y no quisiera sentirlo, no de esta manera tan desenfrenada. Pero no hay de otra, tengo que sentirlo.

Quito la sábana blanca de mi cuerpo y como un poco de dificultad me incorporo hacia adelante. Mis pies siente el frío del suelo y hago una pequeña mueca, no por el contraste de temperatura, más bien por la imagen que percibo a lo lejos, en el espejo. Camino despacio, sosteniéndome del porta suero. Mi cabello castaño cae hacia adelante, cubriendo gran parte de mi cara amoratada. No subo la vista, no hasta llegar suficientemente cerca del espejo. Recojo mi cabello hacia a un lado y despacio subo la vista, me recorro y a medida que lo hago me desconozco. Me detengo en el medio, donde está el nudo de la bata de hospital, lo quito y ella cae por los costados hasta llegar al frío suelo blanco. Paso unos dedos por la venda alrededor de mi estómago, y así sigo por las demás que cubren gran parte de mi anatomía.

Subo completamente mi cara y me encuentro de lleno con mi reflejo, azotándome con vil violencia. Una lágrima sale y luego otra para hacerle compañía a la triste lágrima. Quito el resto de mi cabello y llevó ambas manos hasta mi cara: ambos labios con cortaduras, unos de mis ojos morado y el resto de mi cara con pequeñas cortaduras.

¿Quién iba a decir que un viaje de diversión se tornaría un viaje que solo dejó rastro de dolor?

Mis ojos se cierran y los recuerdos llegaron a mi mente, uno tras otro; golpeándome, maltratandome, hiriéndome como solo un recuerdo dolorosos puede hacerlo. Aun siento el fuego cerca de mí, como si me hubiera calcinado a mí misma. Ver aquellos cuerpos tratando de escapar y luego el carro exportar con uno dentro y el otro cerca… Son imágenes que no se borran ni con el paso del tiempo. Luego estaba aquella sombra, la misma que veo desvanecerse en mis recuerdos, solo su risa de satisfacción aún queda en mente, como si ella fuera tinta y yo una hoja en blanco que sello.

Abro los ojos con dificultad y seco un poco las lágrimas.

Sintiendo dolor en mi abdomen cuando me agacho a recoger del suelo la bata, pero es poco lo que siento cuando mi alma duele a un mas. Al terminar de cubrir mi cuerpo con ella, un chirrido hace la puerta y no me volteo para ver quién es, no hace falta. No cuando se que ya no cuento con nadie, pues mi familia murió en aquel fatídico accidente, y yo, aunque esté respirando, también murió una parte de mi. Unos cuantos pasos se escuchan por todo la habitación, unos más fuertes y otros más suaves. Agacho rápidamente mi mirada y mi cabello cae por el movimiento, me sostengo del porta suero y camino de vuelta hacia la cama. Aquellas personas no han dicho palabra alguna, supongo esperando que les mire y le dé la respuesta tan deseada por ellos.

Respire con pesadez y enfoque mi vista en la pequeña ventana de enfrente, la misma que vengo viendo desde que me desperté y supe de mi realidad, y claro está, de la nueva realidad que ellos me ofrecían.

No había mucho que pensar.

Ya no quería pensar.

Voy a dejar de pensar y voy a comenzar afrontar.

—Sí. Lo voy hacer —les dijo a ambos.

—Es la mejor decisión has podido tomar —informa una voz muy autoritaria, seguro debe ser la del agente Schimidt—, nosotros nos encargaremos de entrenarte y enseñarte todo. No tienes de qué preocuparte.

Rio con amargura, al escuchar la última enunciación.

—Bienvenida a la agencia FPA —dice una voz suave y cálida.

Subo la vista un poco y me encuentro con una mano delicada tendida hacia a mí, levanto la mía y correspondo al saludo de la chica que me ha susurrado se llama Andrea.  Iba a decirle mi nombre, pero el hombre de voz gruesa me detuvo y negro con la cabeza.

Se acerca un poco mas y me tiende un folder.

—A partir de este momento eres Luz Baermann. —Me tiende una cédula como mi nueva identidad y no puede evitar arrojarla a una esquina.

—¿Por qué? —pregunto en un susurro, ellos saben a qué me refiero.

—Porque es la mejor forma que tienes para integrante a esa familia —comenta con simpleza aquel hombre. —Además, si lo que te preocupa es que te reconozcan, sabes bien que no lo harán. Solo Diego Baermann la conocía en persona después de tantos años, su familia dejó de verla cuando su abuela la envió al internado donde ustedes se conocieron...



KatheHerrera__

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En el texto hay: traicion, suspenso y romance, misterio y suspenso

Editado: 01.07.2019

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