Zafiro: La Implosión De Una Vida Vieja

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UNO

Despierto y cada uno de los músculos me duele. La cabeza me duele. Las piernas me duelen. Los brazos me duelen. Las costillas me duelen. En fin, todo mi cuerpo se siente como un gran moretón reciente. El aire que respiro es más frío de lo normal y me da cosquillas cada vez que inhalo y exhalo. No sé dónde estoy hasta que miró mí alrededor. Paredes con un tapiz de azul opaco, cortinas que hacen juego con el feo color del tapiz, unas sábanas que son rasposas y una almohada que no es digna de llamarse almohada.

Rápidamente me doy cuenta de que está no es mi recamara sino una habitación del hospital. ¿Por qué estoy en un hospital? Me enderezo un poco y miro detalladamente lo que hay en la habitación. Una mesita al lado de la cama, una máquina que indica mi ritmo cardíaco a cada segundo, una televisión colgada en un rincón, una cómoda y dos sillas vacías a centímetros de la cama. Parece que tengo compañía.

Intento mover mis piernas pero sólo una de ellas responde, la otra no lo hace e inmediatamente me asusto pero logro tranquilizarme cuando noto que esta enyesada. ¿Desde cuándo? Mi brazo izquierdo también esta enyesado. ¿Por qué? Tengo intravenosas. ¿Para qué? También hay una cánula en mi nariz, con razón sentía que respiraba extraño. Eso explica algo pero no todo. Mi vestimenta es una bata de paciente color beige que tiene bastantes puntos verdes y morados. ¿Qué está pasando?

Trato de calmarme y me concentro en lo que ya sé y en lo que no sé.

Sé que estoy en un hospital, de acuerdo, lo acepto al igual que acepto ser un paciente. Pero, ¿por qué? ¿Qué sucedió anoche? Lo único que viene a mi memoria es que estaba en mi casa, Altahir y Janeth llegaron y dijeron que sería buena idea ir a Yellowknife sólo para pasar el rato y acabar con el aburrimiento. Yo recuerdo haberles dicho que no podía debido a que mi madre, Elizabeth, regresaba de un viaje por toda Europa y tenía que ir por ella al aeropuerto. Mi madre es fotógrafa profesional y gracias a eso tiene que viajar mucho por lo cual casi nunca la veo en casa.

Después de que Altahir y Janeth se fueran de mi casa recuerdo haber tomado las llaves del auto e irme a Yellowknife. Iba conduciendo por la carretera 73, creo, cuando recibí un mensaje de mi madre diciendo que su vuelo se había retrasado pero que de todas formas la esperará. En ese mismo instante algo salto a la carretera y…

La puerta de la habitación se abre y entra mi madre. Tiene el rostro adormilado y preocupado, trae puesto un abrigo marrón con unos vaqueros que a simple vista se ven sucios y unas botas de tacón. Oigo el ruido sordo que hace para ahogar un grito de asombro, ella se acerca apresuradamente hasta la cama y me abraza. ¿Por qué me abraza?

Me da abrazos y apapachos por lo que parecen ser grandes minutos eternos y me besa la frente en tres ocasiones diferentes. Cuando termina de demostrar su afecto me doy cuenta de que Altahir está parado en el marco de la puerta y trae el uniforme del instituto puesto, me da pena y siento que mi rostro se pone colorado ya que normalmente yo no soy así con mi madre ni mucho menos delante de mis amigos, pero cuando presto más atención a la situación noto que él está llorando y mi madre también. ¿Por qué están llorando?

Altahir no lo piensa dos veces y decide ser participante del momento, él también me abraza y me besa la frente. Qué momento tan más incómodo. Mi madre y mi mejor amigo demostrando su cariño cuando saben que detesto las demostraciones en público.

— ¿Por qué lloran?—les pregunto. Ellos se miran, estupefactos, y luego voltean a verme.

— ¿Cómo te llamas?—me pregunta Elizabeth.

—Alice—le respondo, ¿por qué pregunta cómo me llamo? ¿Acaso se olvidó de mi nombre?

—Tu nombre y apellido—me pide. Ahora si estoy completamente confusa.

—Alice Carney—digo, Altahir también me esta lanzado una mirada de preocupación al igual que mi madre. Tengo la repentina sensación de que mi hospitalización tiene que ver con algún problema cardíaco ya que, gracias a que tuve un nacimiento cuando apenas tenía seis meses, obtuve eso: un corazón delicado y difícil de reemplazar.

Elizabeth me sigue mirando, con el entrecejo fruncido pero sin expresión de enojada. Más bien creo que esta confusa o desorientada.

— ¿En qué mes estamos?—Elizabeth me sigue interrogando, su voz no es la misma de siempre. Éste nuevo tono se oye atemorizado en lugar de simpático y libre de preocupaciones.

— ¿Febrero?—más que una respuesta se oye como una pregunta.



Tacko Pérez

Editado: 28.02.2018

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