Zafiro: La Implosión De Una Vida Vieja

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TRES

Cuando bajo por las escaleras siento que alguien me vigila, miro por encima de mi hombro y no hay nada. Creo que me estoy volviendo loca.

Entro a la sala de estar y sólo miro a Elizabeth sentada en el sofá mientras lee un libro y bebe un poco de chocolate caliente en una taza azul con la imagen de dos cochinitos enamorados. Desde hace un buen rato dejo de llover afuera, ya no escucho las gotas de lluvia y no miro donde ésta mi mejor amigo.

— ¿Dónde está Altahir?—le pregunto a Elizabeth. Ella me mira y un instante después regresa su vista a las páginas del libro. Bebe un poco del chocolate caliente y me ignora por completo— ¿Dónde está Altahir?—le vuelvo a preguntar. No me responde— Elizabeth…—digo, en voz alta pero no me hace caso— Elizabeth… ¡ELIZABETH!

Ella voltea a verme y con voz delicada me pregunta:

— ¿Qué sucede?

— ¿Dónde está Altahir?—murmuro. Elizabeth sonríe, levantando las comisuras de sus labios lo más alto que se puede.

—Donde todos los que te rodean terminaran por estar—dice, aún con las comisuras levantadas.

— ¿Dónde?—empiezo a asustarme. ¿Qué pasa aquí?

—Muertos—responde y ahogo un grito fuerte cuando abro los ojos de golpe.

Estoy sudando, jadeando y afortunadamente estoy acostada en mi cama. La lluvia azota ferozmente contra la ventana de mi habitación, me tranquilizo al saber que todo ha sido un sueño, ¿por qué no me lo imagine desde el comienzo?

Recuesto mi cabeza contra la almohada y me cobijo con el edredón, miro el techo y me quedo mirándolo durante un buen momento. Hace rato, cuando realmente bajaba por las escaleras para reunirme con Altahir y Elizabeth, realmente si presentí que alguien me vigilaba pero creó que sólo fue mi imaginación o una paranoia ilógica.

Bueno, en fin.

No pude preguntarle nada a Altahir acerca de lo que me había escrito gracias a que Elizabeth no nos dejó solos en ningún momento de la cena y se ofreció para llevarlo hasta la puerta de su casa, yo me había ofrecido para llevarlo pero ella me lo prohibió porque según su moral es muy peligroso conducir cuando uno tiene un brazo enyesado.

¡Bah! Tenía los dos brazos en perfecto estado cuando choque.

Hay varias preguntas rondando por mi cabeza. Miro el reloj digital que hay en la cómoda a un costado de mi cama, son las 3:30 de la madrugada. Aún falta mucho para que sea mi hora oficial de despertar.

Tengo un escalofrío que me recorre desde la punta de los pies hasta lo más alto de mi espalda, me cobijo contra el edredón y me hago bolita para entrar más rápido en calor. Cuando finalmente dejo de sentir mucho frío me da otro escalofrío, en ese momento me doy cuenta de que la ventana está abierta. ¿Qué no se suponía que estaba cerrada?

Me levanto de la cama y siento el piso helado cuando logro tentarlo. Camino rápido para no demorarme demasiado en hacer esta tarea pero cuando trato de cerrarla me doy cuenta de que está atascada. La golpeó, en varias ocasiones termino golpeando el marco de madera blanca para ver si logro bajarlo y tengo éxito.

Miro a través del cristal, la lluvia sigue a flote y los truenos azotan a miles de kilómetros de donde me encuentro. Y hay dos cosas que me sorprenden. Uno, que no haya entrado ninguna gota de lluvia a mi habitación cuando afuera hay una tormenta y mi ventana la tenía abierta. Y dos, lo más impresionante, es que del otro lado de la calle, donde comienza el sendero del bosque que se interpone entre mi casa y Meadow King´s, logro observar algo que se mueve. Hay algo, estoy segura de eso porque las malezas se mueven y no en dirección al viento sino de diferente manera.

Acerco mi rostro a la ventana, para tratar de ver lo que hay pero no puedo. Esta demasiado oscuro y no hay una luz cercana que proporcione claridad a las malezas. Entrecierro mis ojos pero nada, me acerco más al cristal frío de la ventana para que mi aliento se quede impregnado pero es inútil. No logro alcanzar a ver lo que hay.

Estoy a punto de volver a la cama pero en ese segundo un trueno ilumina toda la calle por completo.

Y ahí está.

Un animal enorme con ojos que parecen ser rojos como el infierno. Está mirando justamente hacia la ventana de mi habitación. Es grande, bastante grande porque aunque este parado en cuatro patas juraría que triplica mi altura.

Doy un salto hacia atrás, llevando mi mano al pecho para controlar mis latidos pero el susto es demasiado grande. Mi ritmo cardíaco se dispara como bala, siento que hay un vació en mi pecho que tarda en llenarse hasta que se llena. Cuando logro relajarme corro de nuevo hacia la ventana y ya no está.



Tacko Pérez

Editado: 28.02.2018

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