Zafiro: La Implosión De Una Vida Vieja

Tamaño de fuente: - +

OCHO

— ¿No se sabe quién es?—le pregunto a Janeth por el auricular de mi celular, desde hace algunas horas que Elizabeth llegó a casa por lo cual yo también.

Al principio Janeth se había negado a que yo regresará a casa sin algún tipo de protección, de hecho ella misma se había ofrecido para custodiarme toda la noche, tenía pánico de que el Licántropo o el Nigromante regresaran y me atacaran mientras dormía.

Yo le dije que exageraba, que no podía quedarse despierta durante muchas horas y Tiffany estuvo de mi parte. Apoyándome. Se sintió extraño que alguien a quien yo detesto me apoyara pero no se lo prohibí. Su argumento de que en algún momento el letargo la dominaría fue bueno. Al final Ariana y Shailene sugirieron que sería mejor opción ponerme un protector que la misma magia construyera para que vigilara mi casa las veinticuatro horas del día hasta que esta trama se arreglara.

Y así sucedió. Janeth hizo un hechizo que construyó a mi guardián con rapidez, le dio vida a un montón de tierra, hojas secas y raíces e inclusive le dio un nombre para que respondiera con éste cada vez que yo ocupara ayuda, en otras palabras, por si mi vida corría peligro.

Su nombre es Lracth, y es una criatura con cuerpo de tierra y rocas de diferentes tamaños, con cabello de arbusto y con una espada hecha de césped y mango de maleza. En el primer vistazo que le di no se miraba muy intimidante, tenía aspecto de amigable y altruista pero al cabo de un minuto mi pensamiento hacia él cambio. Sus ojos se tornaron en hoyos negros al igual que su boca, su altura de tres metros y medio me causó pánico y aunque su espada estaba hecha de hierbas con apariencia inofensiva era poderosa ya que ante mis ojos logró partir una piedra hasta hacerla polvo en cuestión de siete segundos. Fue un acontecimiento bastante extraño y extraordinario a la vez.

—No—me responde Janeth—. Quién haya sido el brujo o bruja que ayudó al Licántropo sabe cómo ocultar sus rostros del Vademécum. Debe de ser bastante inteligente.

Oigo que resopla de preocupación, seguramente lo está debido al vínculo. Estoy alterada, no voy a negarlo. Así que si yo estoy preocupada ella debe de estar peor que yo.

Me digo a mi misma que me tengo que relajar y así lo hago.

Sólo por ella.

Pero un instante después cruza por mi mente una estúpida pregunta.

¿Qué tal si sólo me protege por miedo a sufrir?

—No es verdad—me dice, sacándome de mis pensamientos—. Te protejo porque me importas demasiado, sino fuera así no tendría el vínculo contigo y me valdría un bledo quién intentará hacerte daño.

— ¿Y qué hay del hecho de qué tienes el vínculo conmigo pero no te importo?—le discuto.

—Sería algo casi imposible, ¿sabes?—escucho sus leves risitas resonando por el altavoz del teléfono.

—Se supone que la magia no existe y aun así existe, ¿no?—sus risitas se evaporan hasta que ya no las escucho más, eso provoca un silencio algo incómodo en la línea telefónica— ¿Qué harías si ya no fuéramos amigas y aun así tuvieras el vínculo conmigo?

La línea se queda en silencio, como si estuviera muerta. Diría que termino la llamada pero verifico el tiempo, sigue avanzando y todavía no me responde.

—El qué ya no fuéramos amigas no significaría que ya no me importes—dice, en un tono que suena como culpabilidad y tristeza por pensar en algo malo.

— ¿Qué harías si ya no me quisieras y tuvieras el vínculo conmigo?—le pregunto, no sé por qué me interesa tanto saber la respuesta. Seguramente es porque soy demasiado metiche en lo que no me llaman.

— ¿Realmente quieres saberlo?—sigue hablando con ese acento de triste/culpable.

—Sabes la respuesta.

—Te mataría—hace una pausa. Mis latidos se aceleran pero a la vez no, sé que no lo haría. Jamás se atrevería—. Tendría que hacerlo para deshacerme de ti, serías una molestia dentro de mi cabeza.

La línea vuelve a morir entre nosotras.

— ¿Y si me alejara?—pregunto, luego de algunos perpetuos minutos— ¿Puedes escuchar mis pensamientos si estoy muy lejos de ti?

Se ríe, alejando la sensación que atrajo su respuesta acerca de matarme si sintiera indiferencia hacía mí.

—Aunque estés del otro lado del mundo podría escucharte.



Tacko Pérez

Editado: 28.02.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar