Zafiro: La Implosión De Una Vida Vieja

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VEINTINUEVE

Aparco el auto unas pocas calles antes de llegar a la casa de Janeth. Dentro de algunos minutos más amanecerá, apenas se alcanzan a ver las cosas y todo tiene un contraste demasiado azul y un poco oscuro.

—Ella vive en la casa blanca, donde tienen los adornos de duendes—le digo a mi hermana, está en el asiento del copiloto. Creo que dejara el tapiz más que empapado, tuve que llevarla nuevamente al río Mackenzie para que sus heridas sanaran.

Abre la puerta del copiloto y se desliza fuera del auto. También hago lo mismo ya que estar adentro del BMW durante estos momentos no me viene de gran ayuda.

— ¿Crees que estará bien?—me pregunta Annabella, desliza el asiento del copiloto hacía el frente y toma entre sus brazos a Janeth.

Esta inconsciente, luego de haberle demostrado que no estaba muerta se desmayó.

—Si—le respondo.

— ¿Y tú?—pregunta, mientras saca a Janeth del auto con suma facilidad.

—Lo estaré—trago saliva, apretadamente. Honestamente no sé si lo estaré—. Ahora llévala a su casa y dejas la nota—le ordeno, extendiendo mi brazo con la nota en mano.

— ¿Tiene anotado lo que acordamos?—cuestiona Annabella al mismo tiempo que cierra ágilmente la puerta del coche.

—Si—respondo—. Ella y su padre llegaron alrededor de las doce luego de tener una cena con Tiffany y los demás, él se dio cuenta que había olvidado algo en la casa de los Mackdil y regreso por eso dejándola a ella aquí. Desde entonces no sabe nada de él ni Ariana ni mucho menos de los Mackdil y los Sullivan.

Mi hermana asiente, toma la nota, y antes de salir trotando, dice:

—Lo suficiente que tiene que saber el mundo.

—Y ella—añado.

 

▬▪▬

 

¿Cómo estás?

 

—Soy inmortal, literalmente. Así que la respuesta es bien—le respondo a Altahir, devolviéndole su cuaderno.

Él sonríe, y luego garabatea algo nuevo en su cuaderno. Me lo pasa al terminar de escribir.

 

Me alegro, lo digo con sinceridad. Pero yo me refería a lo de Janeth. Escuche que se muda y que hoy vendrá por las cosas de su casillero.

 

Es cierto. Desde aquella noche Janeth no me dirige la palabra ni aunque le costará la vida. Dejo de hablarme. Y lamentablemente sé por qué.

Por una mentira. Al final resulto que Tiffany no tenía a Brenda, que me había mentido y yo le había creído sin dudar.

Si tuviera una lista con las cosas más estúpidas que he creído esta sería la principal.

—Lo sé—le digo Altahir—, yo también lo escuché.

Le regreso su cuaderno y me levanto del asiento del comedor.

—Tengo que irme—le aviso—. No termine de hacer la tarea de Biología. Veré a quién puedo copiársela.

Altahir se echa reír mientras yo salgo de la cafetería. Realmente no tengo tarea de Biología y si la tengo no me importa hacerla. En estos días he tenido varias desgracias que hacer los deberes de la escuela pasaron a un plano que ya no me interesan en absoluto.

Annabella se fue, hace tres días me dijo que una de las manadas que nos ayudaron contra los Nigromantes perdió a su alfa esa noche y necesitaban uno. Ella se ofreció, ya que básicamente algún día iba a ser el alfa de su antigua manada, y la aceptaron sin objeciones.

Cuando Joe me dijo que mi familia no era Inmunda también me dijo que podía volver con ustedes cuando estuviera lista y cuando yo quisiera estoy lista. Pero aún no quiero.

Annabella se fue, Cristian murió al igual que Lodge en aquella noche de masacre en la montaña Bermellón (yo no sabía que Lodge estaba peleando), Dominic sigue desaparecido y Janeth está apunto de marcharse.

Resoplo. ¿Quién diría que las cosas terminarían así?

Cuando doy vuelta en el pasillo veo a Janeth sacando complicadamente sus pertenencias del casillero. Sostiene torpemente la caja de cartón mientras trata de equilibrarla.

Estoy a punto de dar la vuelta y marcharme cuando la caja cae al suelo y sus pertenencias se esparcen por el azulejo blanco del pasillo. Rejunto su brillo, lápices y algunas plumas que rodaron ante mis pies para después ayudarle a rejuntar algunos cuadernos y libros.



Tacko Pérez

Editado: 28.02.2018

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